NI SIQUIERA sus más rudos adversarios negarán a Zapatero una evidente habilidad: la de hacer de la necesidad virtud sin que se le demude la color. Así, cuando, tras ganar las generales, el líder socialista se encontró con que debía entregarse a ERC manos en alto, porque a ello le obligaba el acuerdo suscrito por Maragall en Cataluña, Zapatero no se amilanó ante tan brillante perspectiva. Muy por el contrario, se lanzó, con un entusiasmo digno en verdad de mejor causa, a convencer a todo el mundo de que el apoyo de Carod, lejos de constituir un penoso peaje que comprometía su gestión, era, en realidad, la expresión más genuina de esa España plural que dará después en ser santo y seña del Gobierno socialista. Pero cuando la supuesta virtud no es sino necesidad, antes o después se descubre la tostada. Y ahí esta ya la de la España plural que Carod iba a asegurar completamente al descubierto: ERC proclama, un día, que no votará los Presupuestos del Estado si la mayoría socialista en las Cortes Generales no apoya un proyecto de Estatuto catalán plagado de inconstitucionalidades; y anuncia, al día siguiente, la presentación de una propuesta de reforma constitucional que recoge, entre otras lindezas, el derecho de secesión de eso que Carod llama las naciones españolas sin Estado. ¿Quién da más? Es lo que tiene comprarle un coche usado a un charlatán: que, más pronto que tarde, uno se ve obligado a llevarlo a la chatarra y a adquirir un coche nuevo. En eso andan ahora, justamente, Zapatero y su partido: buscando, como Indiana Jones, el arca perdida. Para ello deberá afrontar el presidente mil penalidades: no hay más que oír lo que ya ha exigido el BNG, o tomar nota de todo lo que el PNV se dispone a poner encima de la mesa en caso de una eventual negociación presupuestaria, para darse cuenta del calvario que le queda por pasar a quienes ahora persiguen el arca de la alianza que les permita mantenerse en el Gobierno. Y es que aunque las mayorías absolutas tienen, en general, muy mala prensa, sin ellas no se puede gobernar. Son como el primo de Zumosol: dan gran tranquilidad. De hecho, con mayoría absoluta gobierna, a la postre, todo el mundo: la diferencia está en que un partido disponga por sí sólo de la misma, lo que le permite desarrollar sin hipotecas su programa; o deba conformarla recurriendo al voto de uno o varios aliados, lo que los coloca en una posición de poder muy superior a la que se deriva de su apoyo electoral. Si esos aliados potenciales son, además, nacionalistas, entonces el hambre se junta siempre con las ganas de comer. Lo que, en este caso, no constituye, desde luego, una metáfora.