SIETE DE la tarde. El director y los reporteros del equipo de investigación de un diario incisivo preparan la primera plana. Toma la palabra uno de los investigadores. Exultante, nervioso, quizá algo sudado, presenta una primicia al resto del equipo: «Estoy en disposición de probar que El Chino cenó en el VIPS de la calle Orense dos días antes de que Trashorras entrase allí de madrugada y se comprase un Kit-kat». Ante la gravedad de la revelación, un silencio solemne se cierne sobre la sala de juntas. Tras unos segundos eternos, el director toma la palabra: «Así que un Kit-kat. Vaya, vaya...». Uno de sus adláteres más lisonjeros mete una cuña de apoyo: «Jefe, ¡es el mismo tipo de chocolatina que le gusta a Pepiño Blanco!». La electricidad sacude el ambiente ante la proximidad de una gran exclusiva. Una redactora que tiene un cuñado que suministra anchoas a la cafetería del CNI añade otro dato elocuente: «Mis fuentes me aseguran que han aparecido imágenes de El Tunecino comprando chocolate en Mauritania». La conspiración se torna obvia. «Noto la mano del Egipcio detrás de todo esto», apunta el director. «Y además, jefe, hay grabaciones de Toro en la plaza de Las Ventas, viendo una corrida con Lamari». Un redactor un poco lerdo plantea una duda: «¿Los fundamentalistas pueden comer Kit-kat?». El director se ve obligado a reconducir la investigación: «Dejémonos de bobadas. Vamos al grano. Lo cierto es que la relación ha quedado clara». Tras una tormenta de ideas, el titular exclusivo de primera queda así: «Trashorras y el Chino cenaban juntos en el VIPS mientras El Tunecino visitaba al Egipcio en Mauritania y Lamari iba a los toros con Toro». El cuarto poder ha vuelto a cumplir su función: «Esto es la leche. Mañana en España no se habla de otra cosa».