TENGO devoción por los comerciales, por los vendedores, por los viajantes. Por su trabajo, claro. Creo que no los valoramos lo suficiente. Son gentes distintas que prefieren ser nómadas a permanecer atados al grillete de una oficina. Su carácter itinerante provoca que muchos digan «no hacen nada», «no pegan palo», «no tienen horario». Una gran mentira. No tener horario es siempre el peor horario. No se engañen. Esperar por clientes que te reciben cuando ellos quieren. Contraponer días buenos en los que todo va rodado a otros en los que sólo cosechan desplantes. Los posibles compradores son muchas veces pequeños tiranos que creen que el vendedor, además de ofrecerles un producto, les ofrece su espalda para que la pisen. No es agradable. Están obligados a sonreír, a lucir. Hace poco, con lo del Madrid olímpico, me encantó oír cómo Gasol y Raúl contaron que sufrieron en el hall del hotel de los miembros del COI cuando los tenían que asaltar y ganar para la causa. Y eso que ellos eran Gasol y Raúl. Imagínense ustedes a un tal Pérez que llega a Ribeira a pelo para vender. Los comerciales son héroes, son los que hacen que las empresas medren y que la economía no se muera de hambre. cesar.casal@lavoz.es