Informar en dos niveles

OPINIÓN

EL CONCEPTO democrático de información dista mucho de ser unívoco. Por eso hay que distinguir la libertad que tienen los medios de comunicación para tratar la información como una mercancía que se compra y se vende, de la obligación que tiene el Estado de dar a conocer los hechos que afectan al interés público. En el primero de los casos estamos ante planteamientos informativos libres y diversos, que sólo encuentran sus límites en la ley, la deontología profesional y el mercado. Pero en el segundo supuesto, más restrictivo, sólo debe darse a conocer lo que está considerado como un hecho, sin que las instituciones puedan entrar en la cadena de avances y desmentidos que emponzoñan la gestión de las tragedias. Los informadores de un medio privado tienen plena libertad para escoger entre un modelo informativo pegado a los hechos y otro que juegue con hábiles proyecciones basadas en la experiencia o en fuentes alternativas. Y, puestos en la tesitura de vender su información, cabe incluso suponer que hay públicos para todos los gustos, tan dispuestos a restringir la noticia a los mínimos imprescindibles, como a rodearla de los detalles morbosos que invitan al cliente a ir al quiosco. Pero nada de eso puede hacer la información oficial, que, después de facilitar los datos verificados, debe dar prioridad al tratamiento humanitario de las victimas, a su imagen y a la eficiencia de los rescates. Lejos de haber provocado un apagón informativo, tanto Scotland Yard como el Gobierno Blair nos han ofrecido una lección magistral de cómo se informa de una tragedia cuya dimensión y análisis no dependen en absoluto de la cifra final de víctimas ni del explosivo usado, sino de los supuestos sustanciales que todos conocimos tan pronto como el Sr. Strow nos dijo lo que tenía que decir: que Londres había sufrido un atentado con olor a Al Qaida. La línea informativa del Gobierno británico, centrada en los aspectos técnicos y ofrecida por agentes uniformados, evitó la manipulación que sufrimos en España durante el 11-M. Lejos de toda especulación, la estricta profesionalidad con la que se informó de los atentados de Londres constituye una muestra de respeto a los ciudadanos y a las víctimas, una demostración de cómo se organiza y jerarquiza una Administración moderna, y una prueba de que la lucha contra el terrorismo no habilita todas las actitudes e intenciones de aquellos que la dirigen. Si Aznar hubiese adoptado el modelo informativo de su amigo Tony, no estaría Zapatero en la Moncloa. Así de simple. Así de trascendente.