Los valores del cambio

| ANDRÉS PRECEDO LEDO |

OPINIÓN

BARCIA

29 jun 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

RECIÉN llegado de vecinas tierras portuguesas, abro los periódicos y respiro un aire de cambio que en principio se muestra renovador e ilusionante, como ocurre siempre que se inicia una nueva etapa, aunque el tránsito no esté exento de incertidumbres. Me acordé de muchos de los que ahora tendrán que dejar sus cargos o sus prebendas. Al principio les costará, pero terminarán adaptándose a la nueva situación, lo cual en sí mismo es una sana medicina ante la amenaza del apoltronamiento, y un buen recordatorio de que los cargos políticos se deben medir en tiempos de servicio que tienen un principio y un fin, aunque a veces se olvide con demasiada facilidad. En el otro lado están los que llegan, cargados de ilusiones unos, de ansias de poder otros, o de insospechados anhelos algunos. Tienen una tarea difícil, como antes los que ahora cesan, y será el tiempo el que aporte la perspectiva necesaria para poder valorar su aportación real del cambio, Mientras tanto, son muchos los temas que siguen esperando soluciones. La propia comarcalización del país requiere un avance que antes no se pudo o no se quiso dar. También el territorio sigue siendo una asignatura pendiente, en su ordenación, su control, su gestión, su diseño o su equipamiento. También en lo que se refiere al compromiso de los poderes locales con el urbanismo y con las normas que puedan reducir el grado de feísmo alcanzado. Mayores aún son los riesgos o amenazas latentes, como la proliferación de aerogeneradores, de piscifactorías que no crean empleo y contaminan el mar, de puertos deportivos que no son necesarios y alteran la dinámica costera, de esos horrendos proyectos de urbanismo portuario de este último año. Y para qué hablar de las minicentrales. Y del territorio podría trascender a otras muchas cosas, como la precariedad laboral, la mentalidad subvencionadora, el clientelismo, el control mediático y un largo etcétera. Pero una cosa hay que nadie debe olvidar: el déficit democrático del voto emigrante. Admito que los primeros tengan ese derecho, pero sus hijos y sus nietos ya es demasiado. Un modo muy discutible de entender esa galeguidade manipuladora. Tampoco el procedimiento del voto puede esperar su reforma, y tal vez lo mismo ocurra con el peso diferencial de los votos por provincias. Al final podría convertirse en un factor inhibidor del voto. Habrá por tanto que pensar en una reforma del reglamento electoral para adaptarlo a una nueva realidad social y territorial. En fin estamos ávidos de percibir signos reales de dignificación democrática y de ética política, porque no sólo con autovías se hace país. La dignidad de ese país también importa. Y si la ética, la dignidad y la coherencia junto con la eficiencia lograran convertirse en los valores del cambio, entonces el proyecto de país daría respuesta a las ilusiones que el cambio pueda generar en la mayoría.