CUANDO SE dice que alguien describe pefectamente el absurdo del mundo o de la vida, casi siempre me pregunto (es una tentación) por qué habrá perdido el tiempo en algo tan absurdo. Y es que hay explicaciones del absurdo que, paradójicamente, superan el propio absurdo que tratan de explicar o desentrañar. Veamos un episodio reciente: el «no» francés a la Constitución europea. Era absurdo pensar en la posibilidad del rechazo cuando el presidente Chirac convocó el referéndum: ni a él ni a sus asesores se le pasó por la cabeza que tal cosa (absurda) pudiera ocurrir. Pero ha ocurrido, y desde entonces hemos podido leer mil sutiles explicaciones que descartan cualquier absurdo en el resultado. El absurdo de antes ha sido exorcizado. Ahora estamos ante una reflexión cuerda de los franceses que debe ser tomada muy en serio. Es lo que me gusta de la realidad: su caos. Desde De Gaulle a Chirac, todos los presidentes de Francia han tratado de afrancesar Europa. El primer ministro británico Tony Blair se afana a su modo en americanizarnos (léase «anglosajonizarnos»). Y el canciller Schroeder quiere arrastrar el corazón de la UE hacia el Este. ¿Absurdo? No. Todo esto es necesario para explicar que no es absurdo el absurdo en que hemos desembocado.