DESPUÉS de las elecciones gallegas, todo estará calmado. Los partidos se habrán serenado, habrán archivado sus ansias más inconfesables del poder, sus dirigentes se habrán humanizado, y hasta se podrá dialogar con las víctimas del terrorismo. Antes del día 19, una de dos: o no se puede tocar nada, porque todo está contaminado, o el señor presidente estará muy ocupado convenciendo a los gallegos de que «el voto no se roba». Ésa es la conclusión que se obtiene al ver la fecha que La Moncloa ha señalado para recibir a las víctimas del terrorismo: el 21 de junio, con los resultados de las urnas gallegas ya digeridos. En todo caso, Zapatero quiere dar muestras de que su «respeto» a la manifestación del sábado es algo más que una palabra. Quiere convencernos a todos de que escuchó el clamor. No ha dicho nada, en cambio, de que haya «entendido el mensaje», que es algo que los políticos proclaman cuando se ven apretados por la opinión pública, los votos de castigo o las acciones de protesta. Traducido al lenguaje práctico, esto significa que no habrá ninguna rectificación, sino talante; mucho talante para hablar con las víctimas, escuchar sus quejas y tratar de convencerlos para continuar la misma política. ¿Por qué la misma política? Por dos razones fundamentales. Una, porque Zapatero sigue pensando que es la correcta; que cualquier otro gobernante haría lo mismo, y que tiene razones que la razón de las víctimas no entiende. Y otra, porque muchos de sus asesores creen que una decisión del Parlamento puede ser criticada y hasta censurada en la calle, pero no se puede modificar por el mecanismo de la presión. Si una decisión de la Cámara se pudiera cambiar a través de manifestaciones, estaríamos abocados a vivir en permanente confrontación entre la calle y el sistema parlamentario. Y mucho me temo que, en política antiterrorista, vamos a asistir a esa confrontación. Está muy alentada por el PP, que ha visto el éxito de calle que proporciona. Hace más de veinte años que la derecha no reunía tanta gente tras una pancarta. El PP se siente como si tuviera arrinconado al Gobierno. Hasta Aznar, que envió una misión a hablar con los terroristas, sale a protestar de que se haga lo mismo que él hizo. Con este respaldo político, la AVT está también crecida. Acudirá a La Moncloa con dos reclamaciones: rectificación del Gobierno y del Parlamento y la cabeza de Peces-Barba. Y, si no consigue esos dos trofeos, comenzará nuevas movilizaciones. Parece un sindicato. Entre esta Asociación lanzada a la reivindicación y Rajoy pidiendo lo mismo cada miércoles en el Congreso, tenemos entretenimiento garantizado. Ya han convertido a ETA en el centro del debate político. Qué país.