ESCRIBO estas líneas antes de conocer el resultado del referéndum francés sobre la Constitución europea, y las escribo desde el convencimiento apasionado de que nuestra gran nación vecina no tiene derecho a ponerle el corazón en un puño a todos los demás países (léase ciudadanos) de la Unión Europea. Bastaba con ver los titulares de la prensa de ayer para darse cuenta de lo mucho que todos estimaban que estaba en juego: el futuro de la UE, la fortaleza del euro, la superación del raquitismo político de Europa, etc. Y contra esta filosofía del valor de una decisión quiero escribir estas líneas. Porque con un «sí» y con un «no» tan reñidos y con Holanda pendiente de referéndum (lo hace el miércoles), y con la consulta también pendiente en los predios de Tony Blair, se puede decir cualquier cosa menos que a la Constitución europea le espera un camino de rosas en su proceso de ratificación por los veinticinco. En Francia se debatieron muchas cosas que en verdad no tenían relación con lo que se votaba. Los franceses dudaban si se trataba de un referéndum sobre la Constitución europea o de un plebiscito sobre el presidente Chirac, al que la izquierda nunca le perdonó que tuviese que votarlo en la segunda ronda de las presidenciales, y al que la derecha considera (con Sarkozy a la cabeza) un líder incapaz de impulsar ninguna de las reformas que Francia necesita. No dejaba de ser paradójico que fuese el antaño euroescéptico Chirac el encargado de conjurar y combatir al actual escepticismo. Pero el presidente francés ha demostrado que lo mismo está para un roto que para un descosido. Los franceses estaban convocados para pronunciarse sobre la Constitución europea que París tanto impulsó. Sin embargo, fueron ellos mismos los que abrieron el frente de rechazo más argumentado, con su oposición al ingreso de Turquía y su defensa de la Francia social y de la identidad nacional. Sólo miraron sus propios ombligos y esto nos plantea a los europeos si deben ser ellos quienes sigan haciendo y deshaciendo la UE a su capricho. Porque quizá Francia ya no es aquel país que tanto admiramos y del que tanto aprendimos. El tiempo no pasa en vano, ni las aguas de Heráclito remontan el curso del río. Lo veremos.