Necesitamos respuestas claras

OPINIÓN

26 may 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

AYER supimos que la Policía detuvo a varios implicados en una red de violadores de bebés. Los propios policías, confrontados a la realidad de los hechos, hablaban de «una perversión y degradación que supera los límites conocidos hasta el momento por los investigadores policiales». No se trata sólo de pornografía infantil sino de violaciones, y sobre sujetos de edades entre uno y cinco años, violaciones que eran grabadas y distribuidas por Internet. Cualquiera que oye la noticia reacciona como la propia Policía o como el propio ministro del Interior, y se pregunta: ¿Cómo es posible tal cosa, qué tiene esa gente en la cabeza? Para el lector que quiera acompañarnos en estas reflexiones, sólo podemos ofrecer resultados parciales porque estos sujetos no acuden al psicoanalista, sino en muy contadas ocasiones, y que sepamos nunca cuando han sido actores de tamaña degradación. Aun con esta salvedad, podemos destacar: 1º.- Se trata de una red, y por tanto de sujetos en una comunidad de goce. No sólo del mismo tipo de goce, en lo que a las violaciones se refiere, sino que si hablamos de comunidad de goce es porque se trata de un goce compartido: como demuestra los intercambios de vídeos, las conversaciones en Internet y las actuaciones conjuntas. 2º.- Puesto que se trata de violaciones, se trata de forzamientos de la víctima, o sea de obtener el goce por la vía de la transgresión. 3º.- Lo que lleva a cualquier sujeto al acto sexual con otro es que la imagen del cuerpo del otro está erotizada. Si esta es la regla general, aquí se trataría de actuar lo que estos sujetos vivieron pasivamente: ser el objeto de actos o cuidados erotizados en su primera infancia. Estos sujetos pueden haber sido objeto de una manipulación erótica vivida en su propio cuerpo. Serían niños traumatizados por un erotismo que tendería a descargarse en otros niños: niños que serían ellos mismos. 4º.- En la experiencia erótica traumatizante, no descuidamos el goce que el adulto obtenía en este manoseo. En efecto, es cierto que el cuidado de un bebé exige tocar su cuerpo, pero lo que señalamos es que hay casos en los que el adulto inyecta una demasía libidinal en el cuerpo del pequeño, y que de eso gozó ese adulto. Debemos destacar el hecho, si se confirman las noticias difundidas, de que uno de los padres estaba presente en las violaciones. 5º.- Esa intromisión, que conlleva una erogenización precoz del cuerpo, deja huellas, marcas, que empujan a la repetición como forma de actuar lo que la palabra no ha podido evacuar. ¿Supone eso que esos sujetos fueron violados en su infancia? No necesariamente, basta haber sido violentados por el otro de los cuidados, demasiado invasor de las intimidades de su cuerpo, incluido a veces sus orificios más íntimos. 6º.- Nos resta añadir algo referido a lo que constituye lo más impactante de estos hechos: las edades tan tempranas de las víctimas. Sólo podemos pensarlo desde el lado de una exigencia: que el objeto esté diferenciado sexualmente sólo por sus caracteres primarios, que es casi decir que el cuerpo de la víctima sea reducido a pura carne, quizás esa carne a la que el otro le redujo a él al manosearlo en su infancia. Para terminar: explicar, o tratar de explicar esto, es lo más opuesto a la justificación. Nada de benevolencia, pues, para alguien que está llamado a repetir su goce con la víctima en el momento de mayor indefensión de ésta: su primera infancia. La especial indefensión de la víctima consuena completamente con lo que acabamos de decir: la pasividad del bebé manoseado por un adulto que encontró en el cuerpo de ese bebé la fuente de su excitación.