Sobre Vega

La Voz

OPINIÓN

CÉSAR CASAL GONZÁLEZ

10 may 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

NO SÉ qué quieren. El crítico siempre es amargo, muchas veces, cítrico, cínico. La prosa cáustica de la crítica dice que el último disco de Antonio Vega, 3.000 noches con Marga, no está a la altura. No lo entiendo. Oigo el disco y me parece que está, como siempre, entre, bajo, cabe, con o sobre las nubes. Como su chica, Marga, a quien se lo dedica, después de esas tres mil noches juntos. Están las guitarras redondas de siempre. Están los versos de ese chico triste y solitario, ahora, por desgracia, más solitario que nunca. Dicen que hay estar muy solo para oír a los ángeles. Será eso. Hay pueblos blancos, una acuarela desleída de pueblos blancos. Y la petición, humilde, de la mejor condena: «Ojalá me condenaran a la niñez». Es Antonio en estado puro. Antonio tiene apellido de estrella, una de las más brillantes del firmamento, Vega. Él sigue en el sitio de mi recreo. Los suyos son caminos infinitos como los de la poesía de Valente. El cantante, que soñó la anatomía de una ola, es un espejo que brilla desde dentro, desde el otro lado del azogue, más allá. Marga es su hogar. Su música, nuestro tesoro, a pesar de los críticos. Bendito reloj sin hora de Antonio. Ojalá que todos los discos malos sean como éste. cesar.casal@lavoz.es