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8 de mayo del 45

| RAMÓN PERNAS |

OPINIÓN

OFICIALMENTE la guerra terminó ese día, hace sesenta años. Cincuenta millones de muertos ratificaron el triunfo de la maldad. El hombre, el ser humano tuvo que reinventarse. No ha sido posible. Después de la gran guerra, vinieron Corea y Vietnam, un rosario de conflictos bélicos que incendiaron África y que no vamos a ennumerar, pues la historia de la infamia continua, sigue vigente en Irak y en Afganistán, en Chechenia y en Sierra Leona. La guerra es la culminación de todos los desastres que el hombre puede imaginar y protagonizar. Sintetiza a los cuatro jinetes del Apocalipsis cabalgando en un desenfrenado galope. Las guerras, todas, hay que recordarlas para desear, aunque sea un vano empeño, que no vuelvan a repetirse. Pero prevalece la humana condición y el mal gana la partida de póquer donde se juega toda la especie. La segunda gran guerra fue una orgía de la vesania, una fiesta del horror, la apoteosis del dolor y de la muerte.Como muestra un botón olvidado: Dresde. Esta ciudad era considerada la Florencia alemana. Vivía feliz. No era un objetivo bélico prioritario, no tenía valor militar, no acantonaba fuerzas del ejército ni existían industrias bélicas en la ciudad ni en sus proximidades. Dresde era una especie de gran hospital para los soldados heridos, un territorio lleno de desvalimiento que acogía a 26.000 prisioneros aliados. El 13 de febrero de 1945, cuando ya casi se vislumbraba en final de la guerra, Dresde fue destruido. Doscientos cincuenta bombarderos Lancaster arrojaron sobre la ciudad 600.000 bombas incendiarias en una primera oleada. Cuando se estaba organizando el salvamento de heridos y la retirada de cadáveres, 550 aviones Lancaster y B-17 bombardearon las ruinas y los cimientos de la bella e indefensa ciudad. En total se utilizaron 1.500 toneladas de bombas sin incluir las 600 de dos toneladas y una bomba gigantesca de cuatro toneladas. Los muertos fueron más de 130.000. Más que en Hiroshima. Dresde, que ha podido reconstruir la catedral de Nuestra Señora y el entorno de la Plaza del Teatro, cumple el próximo año los primeros 800 de su existencia. Si en el 40 fue Coventry, cinco después la barbarie se llamó Dresde. Los «daños colaterales», que todavía no se llamaban así, fueron la aportación de la gran guerra: los muertos civiles superaron a las víctimas militares. Este 8 de mayo, 70 años después, constatamos que no hemos aprendido nada, que quedan muchas piedras donde tropezar, y que decir un rotundo y plural nunca máis forma parte de esa ristra de buenas intenciones que casi nunca se cumplen. Hay demasiados Auswitz y Mathausen en el nuevo milenio que arrastra los viejos errores que creíamos desterrados para siempre. Es una efemérides demasiado triste, más bien parece un cabo de año oficiado con retraso por todos nuestros muertos, por los judíos y los rusos, por los gitanos y los alemanes, por los japoneses y los americanos, por los franceses y los australianos, por los italianos y los belgas, por... todos nosotros, por las víctimas y por los verdugos, un aniversario universal para reivindicar la luz que despeja las tinieblas.