Por qué soy de derechas

| JUAN JOSÉ R. CALAZA |

OPINIÓN

02 may 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

DESDE EL 14-M me aburre y desespera tanto la política que hubiera preferido escribir sobre el gato de Schrödinger. Pero estuve recientemente en Vigo, y entre tapeo y buceo me quedó algún tiempo para pulsar en vivo el sentir popular, o como se diga, respecto a la política del Gobierno socialista. No les voy a contar nada que ustedes no sepan, ya que en el ambiente se palpa el desgarramiento de la sociedad española, con apreciaciones opuestamente polares según se trate de derechistas o izquierdistas . Y que no me vengan diciendo que no tiene sentido a estas alturas preguntarse si aún hay derecha e izquierda habida cuenta que claramente lo tiene, si bien fuera del contexto de la lucha de clases que pareció dominar esa dicotomía tiempo atrás. Hay que matizar, no obstante, la ubicación de los nacionalistas, porque tengo la impresión de que el único lugar en el que se sienten bien instalados es desde donde señorea el poder. Que se lo pregunten, quienes duden, a Suso de Toro, que oportunamente ha transitado de Camilo Nogueira a Pepe Luis ZP. Árbol este de mejor cobijo. Pero, ya digo, dejando de lado el caso ambiguamente patológico de los nacionalistas, las cosas están claras. Aunque lo de ahora se asemeja a la vela de armas de un duelo entre conservadores, lúcidamente pesimistas, y progresistas, ciegamente optimistas. Observen que escojo campo sin adarme de rubor: tanto optimismo empalaga. Actualmente, ser de derechas, en España, es defender cosas tan naturales y principios de convivencia tan elementales que en otros países europeos se asumen sin complejos por la izquierda. Por el contrario, aquí la izquierda ha configurado una ideología fuera de la realidad, o, mejor dicho, con un desprecio tal por una realidad que detesta que no se puede hablar propiamente de izquierda democrática sino más bien de descarnado sectarismo progresista. Yo, que soy de derechas, no tengo la menor duda que el izquierdismo está fatalmente aquejado de oportunismo y buenismo . Por oportunismo se alía, dentro y fuera de España, con nuestros peores enemigos, y por buenismo no duda en ceder ante las demandas de grupos de presión odiosamente revanchistas que consideran a los adversarios políticos ultraderecha pura y dura. Habría que añadir el pasotismo, esto es, el tan izquierdista «aquí no pasa nada». Así, siendo cierto que a ningún lector le importa un bledo lo que soy -reaccionario o progresista, conservador o rebelde, bueno o malo-, presento mi propia circunstancia como ejemplo, compartido por muchos ex izquierdistas, de un corrimiento de posiciones determinado por una gran decepción y un terrible presentimiento: la ingenuidad y el oportunismo de la izquierda llevan a España al desastre total. Mi evolución primera la motivó ETA, por el comportamiento de mis compañeros izquierdistas que ante la inacabable tragedia de los perseguidos prefirieron mirar para otra parte, o, peor incluso, marcaron una posición repugnantemente equidistante afirmando que los nacionalismos eran todos muy malos pero el peor el español. Y que se necesitaba más tolerancia, generosidad y comprensión para con los nacionalistas democráticos. Ante tanta ambigüedad, y a la postre criminal ingenuidad, comprendí que ese ya no era mi lugar. Creo que actúe correctamente porque constato, sin sorpresa pero con amargura, que la inconsciencia de la izquierda va a más. Por ejemplo, algunos socialistas gallegos dicen que Maragall es un buen español.