UNA DE las ventajas de las pasadas elecciones vascas es que los partidos mayoritarios no han visto confirmados sus planteamientos. Lo cual aduce que la percepción de la realidad política por los votantes coincide poco con la de sus votados. Los nacionalistas moderados sufrieron un gran desengaño. El señor Ibarretxe, empecinado en estrujar su malhadado plan soberanista, quiso convertir las autonómicas en plebiscito sustitutorio. Un desprósito que no podía ser remediado con otro mayor: con los solos votos de una formación, incluso si hicieran mayoría absoluta, no se legitima un cambio político de esa envergadura y consecuencias. Su propia parroquia así lo entendió, y tuvo suerte que el castigo no le obligara a cambiar de sillón. Quizá influyó la debilidad del bando «constitucionalista». Si no se es ciego o algo aventurero, no resulta muy atractiva la posibilidad de que gobiernen juntos en Vitoria dos partidos que se llevan a matar en Madrid, y además mantienen posturas irreconciliables sobre el modo de hacerlo. Los socialistas harían bien en interpretar su crecimiento como una invitación a explorar las vías de la negociación. Los populares empeorarían su posición si aprovecharan el varapalo para endurecer más su propuesta de soluciones ya demasiado expeditivas. El éxito de la candidatura con bandera comunista siembra las dudas sobre la efectividad de las ilegalizaciones: los votantes, como la materia, no se destruyen sino que se transforman en otras siglas. Por lo demás, ¿refuerza el sistema que falte en el Parlamento la representación de un amplio sector de ciudadanos? La sentencia del electorado deberá servir para convencer a los líderes de una cosa: que ya no cabe más de lo mismo, que el personal se cansa. La fuerte bajada en la participación lo anuncia.