Del viento y del secreto

EDUARDO CHAMORRO

OPINIÓN

NO SOMOS una aldea global. Somos un espectáculo ensimismado en el que vemos lo que queremos ver: la imagen de lo que pasa. La televisión nos la ofrece y el círculo se cierra. No hay otra cosa. Querer ver otra cosa sería fantasía. Y realismo querer saber lo que pasa. Verlo es una forma de imaginación degradada a la evidencia de los hechos puestos ante nuestras narices gracias a una tarea informativa a la que, desde otro punto de vista, llamamos conocimiento. Los cardenales en su camino hacia el cónclave vienen de un protocónclave en el que ya han decidido que no informarán de cosa alguna que tenga que ver con ellos hasta que puedan informar del resultado del cónclave. Ese hueco del secreto es un silencio en el que cabe toda la auténtica imaginación del mundo, de éste mundo y del otro, del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Lo que pase entre los cardenales es lo que querríamos saber, lo que no veremos y de lo que nadie nos informará. No asistiremos al drama de la inspiración. Y así nos quedaremos, alejados de lo que sería saber las cosas y de las cosas, saber lo que pasa y cómo pasa. Ese vacío es el que tiende a llenar la Naturaleza en su odio al vacío, y lo llena con imaginación. La Naturaleza se presta al partido que exige la Televisión. Dios hizo el mundo para que alguien escribiera las primeras líneas del Génesis, las de su mayor estruendo, y lo dejó ahí para que la Televisión lo recreara, lo rehiciera constante e incesantemente, tan incesante y constantemente como lo alteran el nacimiento y la muerte, si bien el verdadero espectáculo reside en la muerte. El espectáculo de la muerte rechaza el plano corto que haría de ella una estampa reflejo, tal vez, de una zozobra que inflamaría las protestas de quien exige verla en el plano largo que es el del espectáculo. El plano largo, bien llamado por algunos universal, confiere magnificencia a lo que narra, calculado para su más suntuosa dimensión. Salvo por el viento que irrumpe súbita e inopinadamente, ese viento «poderoso» en los Salmos donde agita las aguas y las hierbas que son los días del hombre, y que lleva la palabra de Dios que nadie sabe de dónde ni cual es, y para cuya interpretación y acuerdo hay que reunirse en secreto, en la residencia de ese vacío del que la televisión no ofrece documental alguno.