De omnibus dubitandum

JUAN JOSÉ R. CALAZA

OPINIÓN

11 abr 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

LA UNESCO ha designado este año como el de la Física y algunos por su cuenta y riesgo han decidido rebautizarlo año Einstein . No estoy de acuerdo, quizás porque desde muy joven someto todo a revisión. Y tanto es así que al comenzar mi andadura en estas páginas sopesé titular la columna «De omnibus dubitandum» («hay que dudar de todo»), lema de Marx, aunque finalmente me incliné por la divisa de la casa de los Manrique que ustedes ya conocen. Gracias a un instinto empapado por la duda, desarrollé un espíritu retráctil ante certezas tenidas por absolutas, que al cabo resultaron medias verdades o enteras falacias. Modestia aparte, por ese empeño recibí a lo largo de mi vida, no con gusto pero creo que con entereza, los sarcasmos e insultos de los adoradores de Castelao, de Shakespeare, de Franco, de Companys, de Sartre, de Lenin, de Cristo, de Mahoma, de Lacan, de Mahler e incluso de los lectores de Suso de Toro y de los bebedores de cava, que eso sí que es tener mal gusto. Un día le llegó el turno a Einstein, y, sin ponerme méritos, espero que todo el mundo reconozca lo arriscado de la tarea toda vez que a las primeras de cambio lo tratan a uno de analfabeto científico o de antisemita. No obstante, grandes físicos y matemáticos del pasado siglo -Bohr, Heisenberg, Pauli, Born, Dirac, De Broglie, Lemaitre, Hilbert, Poincaré, etcétera- nunca consideraron a Einstein como un científico de corte clásico sino más bien como un metafísico o un tipo original con buenas intuiciones, dotado de una especie de pensamiento mágico con tendencias esotéricas, sin gran capacidad para las demostraciones rigurosas. Cuestión muy debatida fue su instinto de plagiario, su gusto por las hipótesis ad hoc , las «voces interiores» que escuchaba, según él, su incomprensión de la física cuántica avanzada y su aversión a las matemáticas. El Congreso de Solvay de 1927 fue definitivo en lo tocante a la pérdida de su prestigio (cosa distinta son los elogios meramente retóricos), hasta el punto que su amigo Paul Ehrenfest le lanzó a la cara: «Me avergüenzo de ti, Einstein». Pero la figura de Einstein, como arquetipo de genio y físico sin parangón, primus inter pares , ha calado tan profundamente en el commom knowledge del pueblo llano, y en el acervo cultural de los científicos crédulos, que sin otro trámite toman al pie de la letra lo que a su respecto está escrito en las enciclopedias de andar por casa. Ahora bien, como saben los auténticos investigadores, si en lugar de consultar enciclopedias o manuales se desciende al estudio detallado de los documentos seminales, esto es, si se deja de ser un indocumentado, las cosas cambian completamente. En este sentido, yo también fui un indocumentado. Hasta que, hace más de veinte años, mi maestro Maurice Allais - major de Polytechnique, físico, matemático, economista, premio Nobel, medalla de oro del CNRS- me dijo que tenía muchas dudas en relación con la genialidad de Einstein. Desde entonces, recopilo información y reflexiono intercambiando opiniones con otros matemáticos y físicos que se interesan en el asunto. Y he llegado a la siguiente conclusión: la religión tejida en torno a Einstein está hecha con unos mimbres mediáticos tan sólidos que lo que en otros serían defectos en él se tornan virtudes. Es que, ya se sabe, el despiste es una característica de los genios.