La historia lo juzgará

| ANXO GUERREIRO |

OPINIÓN

A FINALES de los años cincuenta y principios de los sesenta, un movimiento renovador parecía inundar el mundo impactando y removiendo un modelo de poder e influencia internacionales que parecía firmemente establecido. El proceso descolonizador estaba en su apogeo, el nuevo Camelot se había instalado en Washington de la mano de JFK, Kruschov y el XX Congreso del PCUS denunciaban los crímenes de Stalin, el SPD realizaba su viraje doctrinal en el Congreso de Bad Godesberg y los principales partidos comunistas europeos se independizaban de Moscú y abrazaban sin reservas la vía democrática. Pues bien, en ese contexto de fuerte reformismo renovador, la Iglesia Católica consciente de la necesidad de abordar su propio aggiornamento, convocó el Concilio Vaticano II, en el que decidió abrirse al mundo -no sólo dirigirse a él- y proclamó la autonomía de lo temporal. Todo ello propició el compromiso activo de los católicos con los sectores más desfavorecidos de la sociedad, facilitó un diálogo fructífero entre creyentes y no creyentes -lo que más tarde dio lugar al compromiso histórico- y desató un enorme entusiasmo entre millones de personas que, particularmente en el Tercer Mundo, se adhirieron a los movimientos católicos progresistas y renovadores. Comparen ustedes sin prejuicios la situación descrita con la que hoy se enfrenta la Iglesia Católica y tendrán una idea muy aproximada de lo que representó el largo pontificado de Juan Pablo II. Porque, ni el coro de apologistas que de forma tan superficial como abrumadoramente solemne proclama a Juan Pablo II como el mejor Papa del siglo XX; ni el indiscutible impacto mediático del Pontífice fallecido, pueden ocultar un hecho incontrovertible: Juan Pablo II deja tras de sí a la Iglesia sumida en una de las mayores crisis de su historia. Incapaz de asumir el irreversible proceso histórico de desacralización de las relaciones sociales -el desencantamiento del mundo, según expresión de Max Weber-; radicalmente opuesto al marco de la modernidad que reside precisamente en la secularización del mundo y en el carácter laico del poder; renuente a aceptar la separación entre el más allá y lo temporal, Juan Pablo II ha reducido la implantación de la Iglesia Católica, que de forma ostensible pierde presencia y autoridad moral en todos los países de nuestro entorno socio-cultural. No mucho más halagüeñas son las perspectivas de la Iglesia en el Tercer Mundo. Es verdad que Juan Pablo II proclamó retóricamente la defensa de los pobres y denunció los excesos del capitalismo liberal; pero lo es también que desautorizó públicamente a los miles de católicos que estaban realmente comprometidos con los desheredados de la tierra, Hombres como Cámara, Boff, monseñor Romero, Ellacuría, Cardenal..., fueron denunciados y perseguidos por este Papa por el simple hecho de pensar que los hombres no se dividen entre creyentes y no creyentes sino entre poderosos y excluidos, y actuar en consecuencia. Ésta es una de las razones -no la única- por la que la Iglesia Católica pierde millones de fieles en Latinoamérica en favor de los movimientos evangelistas y de las sectas milenaristas. Así pues, no canonicemos antes de tiempo -al menos civilmente- a quien todavía no ha pasado el riguroso juicio de la historia.