LA tensión policial sobre los radicales islámicos se ha extremado tras el 11-M. Pero vista aquella violencia ciega, lo razonable es temer más atentados. De hecho, después de Atocha, trataron de volar el AVE a Sevilla y la Audiencia Nacional. Ante a una amenaza así, en cualquier Estado maduro existe una lealtad básica entre Gobierno y oposición. Si mañana sufriésemos otra masacre, nos encontraríamos con que los dos grandes partidos, socios en un Pacto Antiterrorista , llevan un año enfangados en un insólito culebrón sobre su relación con el atentado de Atocha. Por unas horas, mientras durase el estupor, PP y PSOE impostarían unión. Pero pronto volverían las miserias de la pugna partidista, la falta de altura de miras, el cainismo zarrapastroso que antepone unos votos a la seguridad de todos.