Des-construir

OPINIÓN

LAS CIUDADES han sido construidas muchas veces sobre su aniquilamiento. La guerra suponía -supone- tanto liquidar cualquier resistencia, aún a costa de eliminar a civiles indefensos, como humillar a los vencidos privándolos de cobijo y de los hitos de su cultura. Destruir, saquear, era la consigna del vencedor; pero también el bando derrotado procuraba dejar tras de sí tierra quemada. Otra clase de destrucción es la que obedece a catástrofes naturales o accidentales; Londres, San Francisco, Lisboa, Santander, sucumbieron en parte a pavorosos incendios o terremotos. Las imágenes de los supervivientes del desastre buscando entre los humeantes cascotes y los inmuebles en ruinas algún vestigio de su historia desaparecida dramáticamente, jalonan para siempre el álbum de muchas ciudades. La demolición ha estado con frecuencia al servicio de una idea transformadora, que busca sustituir la forma y la función de un edificio o un conjunto por otras que se consideran nuevas. Desde el Renacimiento, el formalismo albertiano propició grandes cambios en la escena de las plazas y calles de toda Europa. En el siglo XIX emerge una clase social con una práctica urbanística más técnica y más política, que busca respirar, iluminar, sanear, y para ello se recurre a la exventración del tejido histórico, vaciando sus entrañas. Los ecos de esta cirugía mayor llegan hasta el movimiento moderno, que en su lucha particular contra la historia opta por hacerla desaparecer. Hoy mismo lo más «eficaz» en las operaciones de reforma urbana sigue siendo el derribo, sin entrar a ponderar el valor emocional o social de aquellas partes de la ciudad que, no estando catalogadas, merecerían ser reconocidas en su interés cultural y económico, sobre todo si pueden ser aptas para nuevos usos. Frente a la destrucción masiva se encuentra la des-construcción. Este procedimiento implica una labor analítica previa, que escudriña en el conjunto separando sus estratos, descubriendo todas sus historias, para luego intervenir con una cirugía selectiva que sustituye lo que está demasiado dañado, elimina lo que carece de interés y conserva y repara lo que considera valioso o necesario. Este ha sido el método seguido en la renovación urbana de un lugar y un edificio con un importante significado para muchos gallegos, por su larga trayectoria asistencial y por haber sido sede continuadora de la Escuela Médica Compostelana: el Hospital Xeral de Galicia. A pesar de que no faltaban partidarios de su demolición total, ésta pudo evitarse gracias a que, en aquel momento, la actuación tenía un carácter público. El análisis de la documentación se remontó hasta la primera licencia y permitió deslindar las partes que merecían conservarse, por su valor arquitectónico y su calidad constructiva, y los añadidos más recientes. La obra ecléctica de sillería y mampostería podrá rehabilitarse fácilmente para fines dotacionales, mientras que la parte demolida tendrá que ser sustituida por otra construcción de menor densidad, que deje ver el telón de fondo de la ciudad histórica. La desconstrucción práctica se realizó mediante un equipo de robots capaces de cortar forjados y pilares sin comprometer la seguridad de los trabajadores, sin apenas molestias para el vecindario y cumpliendo, creo que por primera vez en Galicia, todas las directivas ambientales de la Unión Europea. Precisamente, el mismo sistema que ahora se va a utilizar para desmontar la torre Windsor.