El valor absoluto de la democracia

| XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS |

OPINIÓN

SI EL PP no quiere firmar las recomendaciones acordadas por la comisión que investiga los atentados del 11 de marzo, no pasa nada. Si alguien discrepa sobre la forma de combatir el terrorismo, tiene derecho a hacerlo. Si las víctimas se organizan en foros de acción social y, al tiempo de reclamar sus derechos, entran también en el debate, bienvenidas sean. Y si algún partido o ciudadano critica la política de orden público, y propone nuevos abordajes para la lucha contra ETA, contra el terrorismo islámico, contra las mafias, contra las movidas callejeras y los accidentes de tráfico, que lo haga con toda libertad. Porque eso se llama democracia. Y porque sólo eso es democracia. La unanimidad es un hecho excepcional, y generalmente estéril, en las sociedades avanzadas. Cuando esa unanimidad se produce, al socaire de un shock traumático colectivo, siempre resulta efímera. Y bien podemos decir que no se conoce ningún problema, ni es siquiera imaginable, en el que no existan diferentes escalas para valorarlo y diferentes opciones para resolverlo. La idea de que la libertad de debate y propuesta sólo sirve para las cuestiones menores, pero que deben ceder ante problemas mayores, es una peligrosa corrupción de la democracia. Y sólo los dictadores abrigan el deseo de controlar la sociedad y sus crisis mediante la sacralización de cuestiones que, vinculadas a la seguridad y a la grandeza de la patria, acaban sirviendo para arremeter contra los discrepantes. Celebro mucho que sea el PP, partido que puso de moda el «prietas las filas, recias marciales», el que, una vez situado en la oposición, se adelante a romper el dogma de la unanimidad, poniendo en un brete la cursilería antiterrorista que nos invade. Porque ellos saben muy bien para qué sirve y para qué no sirve la unanimidad, y, carentes de los complejos democráticos que atenazaban al PSOE, tienen muy claro que es más productivo hacer oposición, incentivar la controversia y presentar alternativas a los ciudadanos, que sumarse a una unanimidad lacrimógena que sólo sirve para ir tirando. La lucha contra el terror es, ante todo, una acción de gobierno de carácter legal y democrático. Y por eso es un error que, al enfrentarnos a las páginas más negras y dolorosas de la vida cotidiana, cedamos a la tentación de creer que la legitimidad de mayorías que fundamenta nuestro poder, y el libre debate de todo lo que hacemos, resta valor y eficiencia a nuestras políticas, como si añorásemos la unanimidad que adorna, por definición, a los que atacan la libertad. Porque si la democracia no vale para todo, no vale para nada. Y si la libertad se disfruta con complejos, es como haberla perdido.