A estas alturas de la película todavía hay quienes defienden la «liberación» de los iraquíes por Estados Unidos y se mofan de las gélidas relaciones entre el Gobierno de Zapatero y la Administración norteamericana, cuando, precisamente, lo vergonzante es formar parte de la camarilla de países que apoyan y refuerzan una invasión que ha causado ya 24.000 víctimas, la mayoría civiles. Han sumido Irak en el caos para derribar a un dictador (y algo más: el petróleo que están gestionando también cuenta) y ahora amenazan a regímenes como el iraní, cuyo islamismo milenario es la antítesis de la cultura de la hamburguesa. A Bush le dieron un razzie, pero se merecía un oscar: efectos especiales, mejor actor o mejor película extranjera, aunque sin final feliz.