DESDE mi nido en Londres, contemplo sonriendo los debates sobre el Estatuto. Ninguno de los temas abordados me hace más gracia que el de si Galicia merece la calificación de nación. No vale la pena discutirlo. Una nación consiste en los que piensan serla. Si un grupo se considera una nación, así será. No existen criterios objetivos para distinguir las varias categorías que solemos emplear para la clasificación de las sociedades humanas: pueblo, comunidad, etnia, nación. Efectivamente, Johann Gottfried Herder, el filósofo alemán a quien se suele atribuir la invención del nacionalismo, hablaba preferentemente de pueblos . Una tribu se define por los vínculos de parentesco que unen a sus miembros. Un país es una entidad territorial. Los demás términos indican un sentido común de pertenencia recíproca: ni más ni menos. Los gallegos muestran claramente los demás rasgos que suelen tener las tal llamadas naciones: idioma propio, experiencia histórica distinta y compartida. Pero ¿por qué insistir en el uso de un término anticuado, tachado de violencia, cargado de sangre? El nacionalismo histórico lleva la culpa de guerras y atrocidades, crímenes y equivocaciones. Perteneció a la época del romanticismo. Fue un anhelo. Y los anhelos desaparecen en cuanto se realizan. El nacionalismo de los alemanes perduraba porque aspiraba a un fin imposible de lograr: la unión de todos los germanoparlantes en un solo Estado. Hoy en día hay vascos y catalanes que sueñan con programas semejantes. El nacionalismo serbio se ha nutrido de resentimientos inagotables. Hasta el nacionalismo francés -ese chauvinismo que insistía en ser fiel a su país para bien o para mal- se mantenía en el siglo XIX y a principios del XX reclamando fronteras naturales que no se podían alcanzar. Por ser un estado de ilusión romántica, el nacionalismo se expresó mejor en la música y la mística. Sus grandes triunfos son el Ma Vlast de Dvorak, el Finlandia de Sibelius. Sus excesos más ridículos son el lenguaje exagerado del alma nacional -el fanfarrón hinchado de la retórica nacionalista, el chantaje cantado por Mazzini en Italia o Fichte o Hegel en Alemania. Sus frutos más siniestros han sido el racismo y las guerras iniciadas por la búsqueda de la «gloria nacional». ¿Es que insistiendo en nuestro rango de nación ganaremos ventajas en la España de hoy? No me lo creo. A toda comunidad unida por sentimientos comunes hay que respetarle su carácter propio y concederle los derechos correspondientes: desde el punto de vista moral, no importa el término que se le atribuya. En todo caso, esos derechos se establecerán mediante el diálogo debido, ajustado a las circunstancias relevantes. No hay razón alguna por la que una nación deba disponer de derechos más amplios que un pueblo o una etnia, o -por emplear la palabra de máximo uso en España en este contexto- una comunidad histórica. Si se realiza el proyecto europeo esbozado en la Constitución de la Unión, España será el gran modelo del desarrollo europeo, por ser ya una unión de varias naciones. Los franceses, alemanes e italianos, por ejemplo, a pesar de las enormes diferencias que existen entre sus regiones, tienen unos conceptos de sí mismos que son relativamente uniformes. En España no es así: ser español es como ser europeo, mostrando distintos niveles de identidad -de andaluz catalanoparlante español, por ejemplo-, como un trozo de tarta de mil hojas. En la Europa de hoy, las tal llamadas naciones carecen de carácter jurídico. Existe la Unión Europea, o existirá jurídicamente cuando el tratado constitucional entre en vigor. Existen los Estados constituyentes. Existen las regiones y localidades reconocidas por el principio de la subsidiariedad, que pudieran incluir a Galicia, a la provincia de Lugo, a la villa de Becerreá o lo que fuese. La Constitución española, además, es un documento muy flexible. El grado de autonomía del cual dispone Galicia depende de factores históricos, económicos y políticos, no del vocabulario de la autodenominación de los gallegos. El nacionalismo gallego -al igual que el vasco y el catalán- no supera moralmente al nacionalismo español. El nacionalismo puede ser una virtud, pero una virtud torcida, distorsionada: un orgullo propio que viene a ser odio al otro, o un amor al prójimo que rechaza lo lejano, o un patriotismo tocado por locura, ya que el patriota quiere que su país sea el mejor del mundo, mientras que el nacionalista opina que ya lo es. Así que seamos una nación sin nacionalismo. Sabemos que lo somos. No es preciso que nos aburramos repitiéndolo. © Felipe Fernández-Armesto