El nuevo rostro de Bush

| CARLOS G. REIGOSA |

OPINIÓN

NO ES POCO indicativo el hecho de que cuando se reduce la división transatlántica se reduce también la división europea. Es algo revelador, que se ha vuelto a poner de manifiesto con la visita del presidente de EE. UU. a las instituciones de la Unión Europea. Las sonrisas y la afectividad que prodigó Bush tenían el objetivo claro de convocar a los europeos a recuperar la unidad transatlántica. Pero también los líderes europeos tenían un objetivo: comparecer unidos, como si en verdad la Unión Europea fuese una realidad política que estuviese más avanzada de lo que en verdad lo está en estos momentos. Bush, el unilateralista, y Chirac, el antiamericano, cenaron juntos y compitieron en cordialidad, dejando claro que el futuro no tiene nada que ver con el pasado. Ni un desplante, ni un mal gesto, ni una palabra que no fuese de esperanza. Siempre con la Unión Europea reconocida por EE. UU. como su interlocutor natural. ¿Qué ha sido de la «vieja Europa» preconizada por Rumsfeld, y supuestamente muy diferente de la «nueva»? ¿Qué ha sido del propio eje franco-alemán, diluido en la unidad comunitaria? Todo eso quedó en el olvido. Es verdad que la afabilidad de Bush no fue igual con todos, como era de esperar. El abrazo a Berlusconi estuvo en la otra punta del «hola, ¿qué tal, amigo?», dirigido a Zapatero. Pero a esto no debe dársele más importancia de la que determina la propia lógica de los hechos: la Italia de Berlusconi sigue en Irak, mientras que la España de Zapatero se fue a casa, en cumplimiento (más o menos acertado en las formas) de una promesa electoral. Lo verdaderamente preocupante, para nosotros, es el vacío anormal que llena la agenda hispano-estadounidense. En este punto no valen ni consuelan las afirmaciones de Miguel Ángel Moratinos de que «los contactos vendrán en su momento, no hay ninguna prisa ni urgencia». Se equivoca. España no puede seguir descolocada como la nación más antiamericana de Europa. Porque no lo es. La unidad transatlántica también pasa por la normalización de las relaciones Madrid-Washington. Y esto urge, si no queremos sufrir ninguneos dolorosos y fuera de lugar, que generarían en España repuntes indeseables de antiamericanismo.