AUNQUE ALGUNOS analistas pronostican una abstención masiva en el referéndum de mañana, los gallegos tenemos muy difícil la superación de nuestras propias hombradas, salvo que decidamos llamar la atención por lo contrario, hacer propósito de la enmienda, y tomarnos en serio la política común. Por mal que le vaya a la Constitución para Europa, no creo que reciba un desprecio político mayor que el que le propinamos en su día a nuestro Estatuto de Autonomía, que el día 19 de diciembre de 1980 entró en la historia de Galicia con una abstención del 72 %. Dicha cifra representa un bochorno sin parangón en toda la Transición, y por eso tengo la gozosa seguridad de que los gallegos vamos a ser el único pueblo de Europa que va a votar con más ganas esta Constitución sui generis , que rige para veinticinco Estados, que su propia norma institucional básica. La Constitución Española, que ahora nos llena la boca como si fuese la Biblia, tampoco tuvo suerte en Galicia, ya que el día 6 de diciembre de 1978 un 49,31% del electorado optó por quedarse en casa y pasar de libertades, de manera que el total de electores gallegos que puso su grano de arena en el régimen democrático que ahora disfrutamos no alcanzó el 50 %. E incluso en el referendum de la Ley de Reforma Política (1976), cuando se nos daba a escoger entre el franquismo y la democracia, y mientras toda España acudía en masa a las urnas, los gallegos que no se sintieron aludidos por tan clara disyuntiva llegaron al 30,2%, como si, hablando de política, arre y xo significasen lo mismo. Puestos a hacer examen de conciencia, conviene recordar que la displicencia con la que hemos acogido el proceso de reconstrucción de nuestra política y nuestra libertad tuvo su último episodio en el referendum sobre la OTAN, en el que un 61,49% de los finisterranos no tuvo nada que decir, y cuando esa terrible costumbre de no decir ni sí, ni no, ni todo lo contrario, nos hizo pensar a algunos que tenemos democracia, Constitución y Estatuto porque estaban de saldo en aquel venturoso período de florecimiento de la libertad. Los que no piensan votar mañana deben saber que no son nada originales, que ya fuimos irresponsables muchas veces, y que la disculpa de la desinformación sabe a rancia en un país que siempre optó por quedarse al margen de las oportunidades históricas. Y por eso no debemos olvidar que ese pasotismo está en la base de todo lo que nos pasa. El que no hace política carece de ella. Y el que carece de política también tiene un tren renqueante, una agricultura de miseria, una renta baja y una pensión escuchimizada. Así que, si no quiere votar, no vote. Pero, por favor, no presuma de ello.