UN PLATO puede ser una cara. Tres trazos de tinta sobre un papel: las tres Gracias. Unas ceras inventan una tormenta de colores sobre una cartulina, como en un vaso. Antonio Machado, poeta («un corazón solitario no es un corazón»), es una espiga y un laurel. Que su hija, Paloma, año 45, quiere un juguete. Pues papá le pinta el recortable de un pollito rojo, verde, azul, amarillo en dos segundos. Hace retratos de sus mujeres, todas: la mujer de mi vida. Aguafuertes que parecen sacados del cómic de un surrealista, un búho de madera. Una plaza de toros, sobre una vajilla de barro. Pablo Ruiz Picasso (Málaga, 25 de octubre de 1881; Notre Dame de Vie, 8 de abril de 1973) tenía una chistera sin fondo y un reloj sin agujas. Era un brujo que hacía gárgaras con el diablo, un creador que desnudaba todo lo que pintaba. Cambiaba de estilo como de camisa. Donde los demás describen, él resume. Un cuadro, una fórmula: el pincel de un matemático. Ahora Ibercaja trae sesenta obras del artista al finisterre donde fue un niño que pintó palomas y un faro. Pueden ver todos sus milagros en la sala Manuel Murguía del Arquivo do Reino de Galicia, en la ciudad vieja de A Coruña. Hasta un día antes del Día de los Enamorados. cesar.casal@lavoz.es