Don Quijote en La Moncloa

GERARDO GONZÁLEZ MARTÍN

OPINIÓN

ZAPATERO confunde los cuentos. Se ha mirado en el espejo y le ha contestado que, efectivamente, él es don Quijote. Lo cual confirma que el azogue suele complacer al poder. El no cabalga en rocín flaco, sino en coche blindado del Patrimonio Nacional y no lleva lanza en astillero ni adarga antigua, sino mullidas almohadillas para no resultar punzante para nadie que se le acerque. Con una excepción: en cuanto aparece Bush en el horizonte, el caballero se transmuta y más que el hombre elegido para gobernar un país, nuestro Quijote parece un guerrillero empecinado en luchar contra la encarnación del Imperio. Este Quijote tiene un Sancho servicial, Desatinos por mal nombre, que agasaja al Alonso Quijano de León con vino de Burdeos, finos mariscos de Sri Lanka y pescados de Indonesia. Y además lo cuenta. Como buen Sancho, vive en su ínsula Barataria y ayer mismo, coincidiendo con la toma de posesión de Bush, daba por hecho que iban muy bien las relaciones con EE. UU., aunque los ciudadanos no tengamos la menor evidencia de ello. Es probable que el acto de ayer sirva, cuando menos, para confirmar que no fue Kerry el ganador, sino su adversario, que no tendría por qué ser el nuestro si don Alonso hiciera participar de su talante al mandatario del primer país de la tierra. Si él y su fiel Sancho aprendieran que aquello de «más vale honra sin barcos que barcos sin honra», de un gallego, por cierto, es muy hermoso para esculpirlo en una estatua, pero en las relaciones internacionales cuentan también los intereses. Y de poco valdría que llegáramos incluso a congeniar con el rey moro -no más demócrata que el tejano, por cierto- si persistimos en el error de decirle al yanqui que «para orgullo, nós». Como no dejen don Quijote y su escudero de lancear los molinos con las caras de Bush, la Rice, Rumsfeld y algunos otros, terminarán por hacernos la puñeta a todas las aspas de esos ingenios. Hasta que don Quijote descubra que el mismísimo Rocinante bebe Coca Cola.