Palabras culpables

| ANTONIO GONZÁLEZ |

OPINIÓN

27 dic 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

CUENTA HARPO Marx, el mudo de la famosa familia de cómicos, que decidió dejar de hablar como consecuencia de una crítica. «El hermano Marx -escribía el crítico- imita al inmigrante irlandés de una manera muy divertida en su pantomima. Desgraciadamente, el efecto se pierde cuando habla...». Harpo, herido en su orgullo, reconoció su fallo y confiesa de manera solemne: «Nunca más dije una palabra, ni en el escenario ni ante las cámaras». A partir de ese momento, el mudo hablaba a través de una bocina de un viejo automóvil y, por supuesto, con su arpa. Final de esta anécdota y a otra cosa relacionada con la palabra. El cielo del paseo de la Castellana, en Madrid, está sembrado de palabras luminosas en un alarde pretencioso -un «sucedáneo tramposo», como se escribe en un periódico- que no tiene nada que ver con el decorado tradicional navideño. Cosas del inefable Gallardón. En esta sopa de palabras sueltas y a su aire se mezclan dignidad y ternura , con atasco, lujuria o serpiente . Su inspiradora, la artista Eva Lootz, justifica su idea diciendo que «las palabras son inocentes»; tiene razón en un sentido poético pero no es realista, porque la palabra nunca está libre de otras que la acompañan por delante o por detrás y conforman una asociación que, por lo general, suele ser menos inocente. La palabra virgen siempre está en peligro de malas compañías. En la cartelera teatral madrileña siempre hay ofertas para todos los gustos, incluso los masoquistas. Una de las obras en cartel lleva un título sugestivo y en absoluto engañoso: «Haberos quedado en casa, capullos». En efecto, el guión se corresponde con el reclamo. Tres artistas provocan al público y lo ponen a caer de un burro como culpable de la hipocresía y mentira de la sociedad, entre la que se lleva su tajada la clase política, con nombres y apellidos; todo ello expresado en el idioma provocador y descarado de la calle, con palabras como pedradas que, en el fondo, según dice el director, pretenden ser una lección ética para reactivar nuestras conciencias, que todos seamos más buenos y benéficos, incluso los que tienen por oficio morder en la yugular del adversario o el enemigo (el matiz se confunde). Eso sí, tragándonos lo de capullo como medicina o placebo del buen talante y el rollito. En otro escenario, el templo/teatro de La Palabra, asistimos como espectadores interactivos a una obra interminable, aburrida, mediocre, ácida, sin argumento ni final coherentes, que todo el mundo conoce como La Comisión , en la que intervienen presuntos artistas de la oratoria, que enlazan palabras con sus peores acompañantes, formando frases corrosivas que envilecen el diccionario. Todo ello con aparente cortesía, con la hipocresía de las buenas formas y del talante y, por supuesto, sin el coraje o la osadía de decirle al ciudadano paciente: «Cierra el televisor, capullo». En este estilo de representación, que se conoce con el nombre genérico de debate democrático, el guión siempre es el mismo y también, como en los adornos navideños de Gallardón, la inocente palabra flota en su sancta santórum libre y blanca cual paloma de la paz, hasta que se asocia con otras en la bóveda del templo y se intoxican. En la reciente sesión de la célebre comisión del 11-M, en la que intervino como artista invitado el presidente ZP , se soltaron palabras tales como acoso, cobardía. insidia, falsedad, cinismo, descaro, manipulación, mentira (mil veces repetida) y frases como deslealtad democrática, juego sucio, fallos de control, comisión de casualidades, engaño masivo y la perla de todas ellas, que pone el colofón a este comentario. Se trata de la frase borrado masivo . En estas fechas que invitan desde siempre a sacar del arcón las buenas maneras, las palabras limpias, para orearlas e incluso colgarlas del árbol de Navidad, choca como una pedrada en un charco de barro que el principal artista de la representación democrática aluda al borrado masivo y con tal acusación sentencie en juicio sumarísimo y para el futuro a la palabra, con todas sus consecuencias. Harpo tenía razón al sustituir la lengua por la bocina.