YA NO SE TRATA de denunciar la insensatez de un presidente de Estados Unidos que, sintiéndose en la obligación de hacer algo después del 11-S, tuvo la malhadada idea de lanzarse a ocupar Irak y derribar a Sadam Huseín con unos argumentos que el tiempo se ha encargado de volatilizar. Una realidad reprobable desde todo punto, pero que, como ocurre con la bomba atómica, ya no se puede desinventar, aunque la comunidad internacional lo desease con todas sus fuerzas. Por consiguiente el debate no es guerra sí o guerra no, sino cómo solucionar este conflicto bélico que, según admite la propia CIA, se está descontrolando cada vez más y con mayor riesgo para la zona. Países europeos como Francia, Alemania, España, Grecia o Bélgica han dejado ver claramente que su voluntad no pasa por enviar personal a Irak, ni siquiera para formar a los mandos de las nuevas Fuerzas Armadas de aquel país. Es una decisión respetable y popular, e incluso populista. Pero incorpora un déficit de responsabilidad internacional que contradice la propia ambición de la Unión Europea de impulsar un mundo multipolar. La situación en Irak es la que es y el eje franco-alemán (por centrar el tema) mira hacia otro lado. La pregunta correcta a estas alturas podría formularse del siguiente modo: ¿Se debe colaborar para que lo de Irak acabe del mejor modo posible o se deja que EE. UU. se enzarce y desgaste cada vez más en un conflicto cuyo riesgo de vietnamización todos ven y todos niegan? Lo segundo parecería un justo castigo para el unilateralismo de la Administración Bush, pero no sería bueno para el mundo, ni para las relaciones trasatlánticas, ni para la propia Unión Europea, que parece empeñada en seguir siendo un gigante comercial y un enano político. El subsecretario de Defensa, Paul Wolfowitz, sostiene que la opinión pública mundial se formará un criterio correcto cuando el conflicto termine, y esa opinión será favorable a EE. UU. y contraria a quienes fomentan y rentabilizan el antiamericanismo. Quizá se equivoque. Pero en algo creo que tiene razón: si la UE no tiene nada que decir o hacer ahora, el mundo seguirá siendo unipolar. Y no valdrá de nada lamentarlo.