TENEMOS unos líderes de pandereta y matasuegras. El mejor recurso pedagógico para informar a la opinión pública española acerca de la constitución europea parece ser Gran Hermano . La ministra de Sanidad nos presenta una nueva campaña publicitaria -con dibujitos incluidos- para fomentar el uso del preservativo como único instrumento para evitar el sida. El portavoz de la Conferencia Episcopal (que sabrá mucho de Pannenberg pero bien poco de bioética) se marca unas declaraciones de antología también sobre esa temática, justo al extremo contrario de la señora ministra. Mientras, The Lancet , una de las más prestigiosas publicaciones médicas mundiales, publicó el pasado viernes un documento consensuado por casi 150 expertos internacionales que no tiene desperdicio y al que ni la ministra ni el portavoz episcopal se han molestado en echar una ojeada. Porque lo primero que reclama ese documento es, precisamente, poner fin a los debates polarizados y urge a la comunidad internacional a unirse en una estrategia basada en la evidencia para atajar el descontrolado avance de la infección, sobre todo en el África subsahariana, que es en donde se dan las peores cifras y las situaciones más dramáticas. Y la evidencia dice que las políticas de prevención actuales (centradas casi exclusivamente en el preservativo) no han sido eficaces. En cambio son llamativos los resultados de Uganda que, con un programa gubernamental de mayor fidelidad y abstinencia sexual, ha pasado de un 15 por ciento de infectados en 1991 a un 5 por ciento en 2002. Esto lleva a los firmantes del documento a considerar que la estrategia ABC (abstinencia, fidelidad y preservativos, por sus siglas inglesas) puede desarrollar un papel importantísimo para reducir la prevalencia mundial del sida. Quede claro que los tres elementos de esta estrategia son esenciales para reducir la incidencia del virus, ninguno por sí solo es la solución. Cuando estamos ante una crisis tan monumental como es ésta, seguir discutiendo sobre el sexo de los ángeles o haciendo alarde de demagogia bajo el disfraz de progresismo es altamente inmoral. Hay que insistir en la modificación de comportamientos personales y normas sociales dirigidos a evitar o reducir las situaciones de riesgo. Ya sé que no es políticamente correcto hablar en estos términos, pero así son las cosas. ¡Ah!, y no olvidemos garantizar el acceso de los países pobres a los fármacos que necesitan.