NADIE SABE cuándo trabajan los ministros. Cada vez es más frecuente encontrarlos, en plan merendiñas , en cualquier fiesta gastronómica, en la inauguración de una pizzería o poniendo primeras piedras de obras que no son pétreas. A veces también se les ve en un acto de partido, en una tertulia radiofónica, o rindiendo pleitesía en La Moncloa. Pero donde resulta imposible encontrarlos es en su despacho, a donde sólo acuden para conceder entrevistas y atender el clientelismo divino que se hace por Madrid. Trabajar no consta que lo hagan, y todo su agotamiento físico y psicológico, a veces ostensible, deriva de su alocada carrera por ganar un titular en cualquier telediario o en un titular de portada de un periódico provinciano. La situación no es nueva, y en modo alguno me parece posible que un político socialista supere la frivolidad mediática desarrollada por Álvarez Cascos y sus traviesas del AVE, o por Ana Pastor, ex ministra de Sanidad, que jamás se perdió una procesión, una feria o una catástrofe televisada. Lo que sí resulta novedosa es la repercusión política que estas competiciones mediáticas están produciendo en un Gobierno que ya se evidencia como un bluf desnortado y muy flojito. El resbalón de Moratinos, tan grave como gratuito, se produjo en una carrera por la imagen. La derrota parlamentaria que frustró la «imprescindible» reforma del Poder Judicial, también se produjo porque muchos ministros y segundones andaban de baranda mediática. El lío de Izar se agravó cuando ZP quiso arreglarlo en directo. El conflicto entre Maragall y Rodríguez Ibarra, en plan boinas y birretes, trae origen de la incontinencia verbal del presidente extremeño. El «Plan Galicia de mier¿», que le puede costar la presidencia a Touriño, nació de otra chorrada mediática de mi admirada Magdalena. Los prejuicios establecidos sobre el non nato indulto de Vera, traen causa del hambre mediática del ministro de Justicia y del fiscal general del Estado. El enfermizo protagonismo de la vicepresidenta la llevó a posar para Vogue , y a endilgar lamentables rollos de moralina a todos los que no comulgamos sin condiciones con la creciente dictadura de las minorías. Y la precipitación mostrada en la retirada de Irak, o en la organización del desfile militar del 12 de octubre, tuvo su causa en la necesidad de ganar, al estilo Bono, un titular glorioso. La conclusión es que si el Gobierno Zapatero trabajase más y se exhibiese menos, pasaría desapercibido. Y hasta podría ganar las próximas elecciones sin más mérito ni contribución que la destrucción del aznarismo. Una oportunidad de oro que nunca debiera dilapidar un Gobierno tan mediocre como este de ZP.