LO TOLERANTES que somos con el fútbol y con cuanto acontece en su entorno nos lleva a la perdición. Si fuésemos así de permisivos con todo lo demás, convertiríamos nuestras vidas en un caos. Pero aquí que nos mostramos tan estrictos con el alcalde de Oleiros porque le llama "bestia asesina" a Sharon, que por lo visto no debe serlo, transigimos lo que haga falta cuando del deporte se trata. Si con el fútbol obrásemos igual que en otros órdenes de la vida, hace ya tiempo que algún presidente estaría entre rejas por grave desobediencia a la autoridad judicial. O por provocar una deuda inimaginable. Y que federativos lo estarían por corrupción. Si actuásemos con rigor no consentiríamos que en los estadios se espolease cada domingo a cocainómanos, violadores y acosadores sexuales. Y si no fuésemos tan complacientes, Luis Aragonés estaría ya dedicado a la cría y cultivo de la garrapata tropical. Por mucho que pueda parecer banal, ver al ministro Moratinos disculparse por la actitud de un grupo de cretinos, abanderado por el seleccionados, avergüenza al más caradura. La bola de nieve lanzada con el «negro de mierda» de Aragonés ha ido creciendo, empujada desde todos los ángulos del entorno deportivo. Ni una sola voz autorizada fue capaz de frenar la estupidez que ha desembocado en la acusación de racista a todo un país. El cargo de seleccionador nacional de fútbol tiene mucho de embajador y de imagen pública. Por eso la culpa de este incidente no es sólo de Luis Aragonés. El pobre es así de desastre. Es de los que le permitieron ir tan lejos. Pero, por encima de todo, la culpa es de todos los demás por ser tan indulgentes con cuanto rodea al fútbol, deporte al que alguien retrató irónicamente: El fútbol es un país jaleando a veintidós tipos que, en calzoncillos, corren detrás de un balón.