CUANDO uno tiene gripe cree que enfrió el tiempo. Cuando estamos tristes nos ofenden las bromas. Cuando nos deja un amor nos parece que quiebra la historia. Los que estamos débiles, tristes o rotos somos nosotros, pero, lejos de asumir la singularidad de nuestro problema, optamos por creer que todo el mundo nos hace la guerra. Y eso es, exactamente, lo que le pasa a Galicia. Tenemos una crisis política de enormes proporciones. Llevamos varios lustros perdidos en hacer políticas localistas y clientelares, sin meternos de lleno en el proyecto de modernización de España. Nuestros partidos echan pulsos a costa de cualquier cosa, sin reservar el mínimo común denominador que constituye un proyecto articulado de país. La nómina de nuestros gobernantes es la más floja de la historia. El discurso político produce sonrojo y vergüenza ajena. Pero, en vez de aceptar que la crisis está en nosotros, creemos que nadie nos quiere, que el PSOE nos margina, que nos roban los dineros para dárselos a Cataluña y Andalucía, y que el mundo está lleno de perros traidores que cobran las piezas que nosotros levantamos. La idea central de la política gallega vuelve a ser el choromiqueo, y todo el debate presupuestario se reduce a dirimir si predomina la esmola que nos dan (teoría PSOE), o el aldraxe que nos hacen (teoría PP-BNG). Los titulares de primera página traducen esa política masoquista y acomplejada bajo la forma inequívoca del fracaso: «nos desprecian», «nos engañan», «se burlan», «nos marginan», «incumplen» y «olvidan». Y nadie quiere preguntarse qué es lo que estamos haciendo bien o mal, ni cuál es la racionalidad objetiva de esas demandas -a veces simples ocurrencias- que acaban hundiéndose en la funesta criba del tiempo. Pero es evidente que Galicia carece de un proyecto de común aceptación. Las actuaciones más emblemáticas -Cidade da Cultura, puertos exteriores de Ferrol y A Coruña, el AVE a la carta que exigen todas las ciudades, el puente de Golden Gate que sueñan en Vigo- no surgen como parte articulada de un edificio común, sino como ocurrencias aisladas que compiten en la estúpida tanda de los premios de consolación. Y por eso no conseguimos terminar casi nada, ni hacer duraderos los proyectos, ni sacar nuestras inversiones del círculo infernal del favor y la influencia. Lo que tiene Galicia es una crisis política de gravísimo pronóstico. Y, aunque es evidente que comer comemos, también es obvio que estamos perdiendo los trenes que nos pasan por la puerta. Porque el aldraxe es, sobre todo, un sentimiento subjetivo. Un síntoma de debilidad que interpela a una generación que, pudiendo gobernarse a placer, prefiere seguir pidiendo.