EN EL PEOR de los escenarios posibles, rodeado de «amigos» que están dispuestos a repartirse hasta sus prendas de abrigo, Fraga vive un infierno político que, ni en sus peores pesadillas, pudo imaginar. Ni siquiera el forzado «armisticio» que le ha impuesto Rajoy, obligándole a suspender, «in extremis», la ejecución sumarísima de Palmou, va a frenar la hemorragia interna de un partido que parece decidido a desangrarse a sí mismo en una batalla suicida que, según todos los indicios, no ha hecho más que empezar. Porque en los dos bandos, enfrentados a muerte, las estrategias cainitas se perfilan cada vez más claras y con un solo objetivo: la destrucción del adversario. Y lo peor de todo es que Fraga ya no vive en los tiempos de Fraga, ya no es el «patrón», ni siquiera el árbitro de la contienda. No le voy a negar yo ahora su capacidad para sacar « folgos» de su coraje personal, pero mucho me temo que, a la vista del panorama, sencillamente le empiecen a faltar las ganas de meterse en la pelea de gallos que, sin duda, él mismo ha alentado. Lo más grave va a ser la explosión final de una sorda corriente subterránea de odios y rencores que ya nadie se molesta en disimular. La rivalidad entre «birretes y boinas», tantas veces caricaturizada, e incluso negada, está ya ahora con toda su crudeza en una guerra sin cuartel y ciertamente singular. Porque enfrenta, absurdamente, a quienes ostentan el poder orgánico y nominal contra quienes, a la hora de la verdad, tienen los votos. Esto es así y, por inaudito que parezca, va a provocar, además de un choque de trenes, el descarrilamiento inevitable de las dos máquinas con resultados fáciles de calcular. Ya no hay ni una voz en el PP que intente negar (privadamente) esta evidencia, la de una más que probable derrota electoral. Pero es que las cosas han llegado a tal extremo que, aunque sea difícil de creer, los dos bandos están viviendo esta dramática situación con mal disimulada complacencia. En la dirección nacional del partido porque nunca les gustó que Fraga decidiera ser candidato por quinta vez y en los que controlan los votos porque se pueden llevar por delante el kiosco como última expresión de su poder real; el peligro de la escisión es algo más que un fantasma a día de hoy. Nadie parece valorar un «pequeño» detalle: que dentro del kiosco aún está Fraga, la única certeza que le queda al PP de Galicia. Después de él será el diluvio. Aunque algunos responsables de la desfeita argumenten, cínicamente, que en Galicia «la lluvia, al fin y al cabo, va con nos».