BUSH HA GANADO las elecciones con el mayor respaldo en la historia de EE. UU. El temor a que una victoria mínima afectase a la legitimidad del ganador, que reflejaba una encuesta próxima al dos de noviembre, no se ha confirmado. La victoria ha sido clara. Casi podría hablarse de un plebiscito ya que, en gran medida, aquéllas se habían planteado «contra Bush», así concretado en películas y libros. Fue una apasionada contienda electoral que dejó poco margen para la indiferencia o la indecisión. También a ello contribuyó la propia estrategia del presidente, al centrar la campaña en la seguridad y el terrorismo y la guerra de Irak. A la postre resultó más creíble, como comandante en jefe, que su oponente. ¿Cómo es posible ese éxito después de una legislatura en que se ha consumido el superávit presupuestario heredado de la presidencia demócrata de Clinton, en la que se ha destruido empleo? Y, sobre todo, con una guerra cuya justificación descansaba en unas armas de destrucción masiva que no aparecieron, con una postguerra que ha suministrado más de mil soldados muertos. Si en los primeros momentos, incluido el candidato demócrata, los ciudadanos estuvieron a favor de la intervención militar, la opinión mayoritaria de los últimos sondeos se mostraba ya en contra de cómo se estaba manejando la situación en Irak. Es muy posible que en los votantes mayoritarios calase el reiterado mensaje del presidente de que luchar contra los terroristas, donde quieran que tengan su guarida, es el mejor medio para evitar enfrentarse a ellos en casa. Lo cierto es que los articulados razonamientos del candidato demócrata no consiguieron desmontarlo. En cuanto a Irak, la alternativa de Kerry no pasaba por la retirada inmediata de las tropas, sino por recomponer las alianzas, subrayando la cooperación internacional, frente al acusado unilateralismo de Bush. Propuesta grata a oídos de europeos, pero que no lo fue tanto para los votantes americanos. La solución para salir del pantano iraquí provendría de una ayuda exterior, discutida y negada anteriormente. Quizá eso hería un cierto sentido patriótico, menos comprensible en esta orilla, pero tan hondo como visible en aquel Estado federal, crisol de muy diferentes orígenes. El clima de la campaña -Irak no es todavía Vietnam- situó en primer término valores morales, delante de cuestiones económicas. Ha sido una realidad, expresión de una voluntad manifestada democráticamente y avalada por un incremento de la participación. La votación sobre la legalización de matrimonios entre personas del mismo sexo, rechazada en diez Estados, lo corrobora. El caso de Ohio, decisivo en la elección, confirma lo acertado de la estrategia del presidente. Ganó allí; perdió, en cambio en Pensilvania, con parecidas características económicas, donde no se votó el controvertido tema. El reelegido presidente ha demostrado conectar con el pueblo americano, con su jerarquía de valores. Lo ha hecho con un mensaje directo y claro. Es el ganador, cuando un país se bipolariza en situaciones de crisis o ante cuestiones fundamentales. Terminada la batalla electoral es la hora de superar el peligro de una fractura de la sociedad. A ello se han referido los dos contendientes. Aunque la situación española y la americana no coinciden, convendría retener alguna enseñanza que podría deducirse de lo allí acontecido. La alternancia en el gobierno no debería revivir la división de nuestras dos Españas. Ante planteamientos que la propiciaran, el pueblo tendría derecho a pronunciarse directamente y políticos y ciudadanos la obligación de hacerlo con claridad.