LOS NORTEAMERICANOS han votado al candidato que ofrecía el mensaje más claro y al que más ha insistido en temas de seguridad durante la campaña. La mayoría de los habitantes de la superpotencia se sienten en guerra tras el 11-S, algo que los europeos todavía no entendemos. No les importa tanto la situación económica o los resultados a corto plazo de esta difícil contienda contra el terrorismo. Han optado por manifestar su apoyo a un líder fuerte. John F. Kerry no ha sido capaz de interpretar este sentimiento popular y no ha sabido transmitir un mensaje de fortaleza e ilusión como lo habría hecho el añorado Bill Clinton. George W. Bush es miembro de una familia millonaria perteneciente a la aristocracia de Connecticut pero ha sabido reinventarse como un tejano con vocabulario y gestos próximos a la clase trabajadora. Su segundo mandato colma sus aspiraciones vitales. Sigmund Freud decía que el éxito es caminar más lejos de lo que ha ido nuestro padre y Bush hijo ha tenido siempre muy claro que su deseo máximo era lograr la reelección. Ahora tiene todo a favor para preocuparse por su legado, cambiar de gabinete, mejorar su maltrecha diplomacia y sus servicios de inteligencia y recomponer alianzas. Estados Unidos es hoy un país muy dividido en cuestiones domésticas -de hecho muchos piensan que conviven con dificultad dos países en su seno, uno cosmopolita, europeizado y demócrata y otro integrista, cateto y republicano-, pero esta división interna no se traslada a su política exterior. En los debates de think-tanks y universidades ni siquiera se plantean ir más allá de discutir con qué medios y alianzas se pueden proteger mejor los intereses y valores de EE.?UU. en el mundo. Kerry no hubiese cambiado en lo sustantivo la política exterior de Bush, aunque hubiese mejorado mucho las formas, algo fundamental para los europeos. Entre los países de la UE, el Reino Unido es el gran beneficiado de este resultado electoral, una vez que en España el PP está en la oposición. Pero Alemania y Francia ya habían empezado a preparar su estrategia antes de verano por si salía reelegido Bush, cuidando declaraciones públicas y votando a favor de una mayor presencia de Naciones Unidas en Irak. El paso siguiente de París y Berlín puede ser aparcar la veleidad de representar a una Europa potencia sin medios ni voluntad política y conseguir que la OTAN participe en la pacificación de Irak, una medida que daría fuerza a la postergada Alianza Atlántica. EE.?UU. necesita a los europeos pero menos de lo que nosotros dependemos de Washington en cuestiones económicas y de seguridad. Ojalá en adelante Bush cuente con la capacidad europea de diplomacia, inteligencia, lucha antiterrorista, cooperación al desarrollo y diálogo cultural a la hora de poner en práctica su política internacional, en la que no tener suficientes aliados le hace cometer errores e incurrir en costes muy altos. España se ha situado en pocos meses en una situación de debilidad internacional y la única apuesta de Zapatero para salir de ella era la victoria de Kerry. El nuevo Gobierno ha gestionado de forma desastrosa la relación bilateral más importante que tiene, la cual condiciona todas las demás. No sólo por la retirada precipitada de Irak sino sobre todo por las repetidas declaraciones y gestos antiamericanos de miembros del ejecutivo. Es el momento de rectificar del todo y trazar una política de Estado que repare y evite el péndulo en esta relación. Olvidemos cuanto antes el Spain is different de nuestros castizos e ingenuos dirigentes. Bush sigue en la Casa Blanca y nuestro Gobierno en shock no tiene más remedio que sumarse a un previsible acercamiento europeo a Washington, que sólo puede liderar el Reino Unido.