NO HAY MANERA de competir con Pinto y Chinto. Su tira de ayer expresaba la cara y la cruz de la actual coyuntura europea con una claridad insuperable. En la primera viñeta el sol de la Constitución despuntaba en lontananza. En la segunda, un montón de gallos se peleaban todos contra todos. Más claro, agua. Y es que cuando, no con agua, sino con champan (francés, sin duda alguna) los jefes de Estado y de Gobierno rubricaron el viernes la Constitución europea en la sede del impresionante Capitolio, ninguno de ellos ignoraba que, además de sobre las sillas con las veinticinco estrellas de la Unión, sus ilustres posaderas se asentaban también sobre un peligroso polvorín. Que a nadie le quepa alguna: detrás de todo el elegante ceremonial desarrollado bajo la atenta mirada de un Papa viajado por Europa, Inocencio X -nuncio en Nápoles y legado en Francia y en España- rugía en Roma la marabunta que ha puesto a Barroso al pie de los caballos. De hecho, de no estar todos los presentes con cara de foto, sus semblantes hubieran recordado al del propio Inocencio X en el impresionante retrato con que lo inmortalizó Diego Velázquez: su mirada, entre prudente y recelosa, es la de nuestros dirigentes europeos, que saben bien que en el Parlamento de Estrasburgo acaba de abrirse una crisis de grandes proporciones. Es verdad, claro, que, como en tantas ocasiones, la botella puede verse medio vacía o medio llena. De este último modo la han visto los que, con parte de razón, han destacado el dato cierto de que una parte del Parlamento europeo ha ganado su pulso en el asunto Buttiglione. No estaría de más, en cualquier caso, subrayar, que tal victoria ha sido posible, sobre todo, porque ese asunto afectaba a un ámbito central en la actual corrección política europea: el de la homofobia y la posición de la mujer. Habría sido escandaloso que el tal Buttiglione hubiera sido comisario, pero también que lo hubiera sido la holandesa Neelie Kroes, comisaria de competencia con intereses de todo tipo en el sector: y, sin embargo, pese el caso Kroes, hubiera Barroso logrado su objetivo. Pero la botella puede verse también media vacía. Pues la derrota de Barroso es al tiempo la de un Presidente que no ha podido formar un auténtico ejecutivo y que ha debido limitarse a hacer de recadero de los Gobiernos nacionales, que son los que mandan de verdad. Por eso no pudo retirar a Buttiglione y por eso ha tenido que pasar la vergüenza de tener que retirar su comisión. Y así, mientras la Constitución asoma poco a poco, la realidad desdice a los que, con un voluntarismo colosal, siguen convencidos de que Europa existe hoy más allá de sus Estados.