CUANDO ZAPATERO, y quienes con él coincidían, desarrollaron la iniciativa de la reunión de presidentes, no lo tenían fácil para conseguir un resultado aceptable. Sin embargo, y parece opinión unánime, los presidentes asumieron la representación del Estado de las Autonomías, alejándose de tentaciones de desarrollar políticas partidarias cuando se reunían para representarnos a todas las nacionalidades y regiones por ellos presididas. Y no les oculto la satisfacción que ello me produce, pues no dudo que ayer se inició, o recuperó, el camino de la política para la convivencia. Y no conviene, en esta ocasión, ahorrar parabienes a la posición sostenida por Manuel Fraga, no sólo por haber lanzado ya hace tiempo la idea de la conferencia -al igual que la reivindicación de la reforma del Senado como cámara de representación territorial-, sino también por haber introducido en la estrategia del Partido Popular las correcciones necesarias en la actitud política diseñada por su dirección ante la convocatoria, al fin, de la reunión de presidentes. Y contribuir con ello a reforzar el encuentro, el diálogo y la negociación, como vía para la transformación política del Estado. La presencia del presidente del Gobierno vasco, después de la incertidumbre sobre su asistencia y la percepción de inestabilidad que su ausencia, sin duda alguna, podría generar, constituye un signo de la razonable normalidad con la que se inicia el complejo y difícil camino de solventar los problemas derivados de una evolucionada organización del Estado y de su integración en la Unión Europea, después del más fuerte proceso de descentralización abordado por un Estado en el mundo. No era fácil, pero la responsabilidad política de quienes nos representan a todos ha mostrado que, al igual que en la etapa inicial de la transición a la democracia, los ciudadanos de la España entera y quienes nos representan mantenemos intacta la predisposición para el diálogo en la búsqueda de fórmulas que permitan avanzar en la organización de la coexistencia. Lo que no es tema menor luego de años en los que renació la duda y la incertidumbre sobre esa nuestra capacidad. Hoy, ya en pasado, quizá sea más fácil compartir las esperanzas contenidas en el Codex del pasado sábado. Porque estaban todos. Hablando. En presente y en futuro. ¡Salud, presidentes!