24 oct 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

MÁS QUE museo. Bilbao y el País Vasco cambiaron su expresión industrial decadente y contaminada por una oferta cultural sin precedentes, de cuya inauguración se acaban de cumplir siete años. Aquel sábado de 1997, impregnado por los sucesos del verano en Ermua, la sociedad vasca recibía a los Reyes de España para inaugurar en la margen izquierda de la ría del Nervión una obra del arquitecto Frank Gehry, que se constituye en el más peculiar de los museos, no tanto por su contenido en obras de arte de la Fundación Solomon Guggenheim como por la magnitud del edificio de titanio capaz de impresionar al visitante con un espectáculo de formas y reflejos de la luz del día. Aquel 18 de octubre tuve el privilegio de ser uno de los comensales invitados en las noventa y dos mesas a la cena inaugural, lo mismo que había discutido, en sede parlamentaria, las partidas del presupuesto que durante seis años había gastado una comunidad en crisis económica e industrial. Hoy presenta la exposición antológica de Jorge Oteiza, que lleva por título Oteiza: mito y modernidad , que se recrea entre 143 esculturas y 43 dibujos y collages del escultor de Orio, quien en vida se negó a que su obra estuviera en el Guggenheim, por esa manera tan peculiar de ser que le llevó a rechazar los canales tradicionales de galerías, coleccionistas, subastas o museos, fórmula comercial para que un artista sea una empresa rentable. Al año y medio de su muerte, se puede seguir su obra, que coincide en el tiempo con dos curiosas exposiciones más. Dibujos del gran Miguel Ángel, que son una auténtica lección renacentista de anatomía del cuerpo humano. Un Picasso perdido, representado por un lienzo del más grande de los pintores del siglo XX, correspondiente a su etapa en París de 1990, que primero fue una figura humana en una calle de Montmartre, y tras el tratamiento técnico correspondiente, descubrió debajo de la pintura el cuadro de Le Moulin de la Galette, que recoge las figuras entre lámparas de gas en un cabaret de la bohemia parisina. Una mezcla de estilos y autores se dan cita entre los pináculos del edificio que mira a la Universidad de Deusto y comparte oferta cultural con el palacio Euskalduna, que ocupa el lugar de las ruinas del astillero, muestra creativa de alternativa para salir de una crisis. La autonomía vasca tuvo fuerza para cambiar el paisaje, falta lograr la libertad.