EL FUTURO de Alberto Núñez se decide el próximo fin de semana. Su ascenso a la vicepresidencia de la Xunta lo convirtió en la esperanza blanca del PP, pero la situación de crisis que vive su partido, y la escasa atención que le prestan sus mentores, le obligan a ganarse el futuro en un combate desigual. El reto de Núñez consiste en demostrar que tiene un proyecto renovado, y que antes o después, repitiendo mayoría o pasando por la oposición, será capaz de ilusionar a las amplias bases sociales que nutrieron los Gobiernos conservadores. Pero lo que de verdad se dilucida en el congreso son otras cosas de menor cuantía, que, además de obligar al PP a quemar toda la leña en favor de la quinta victoria de Fraga, dejan un flanco abierto para que se cuelen en las listas y en la estructura de dirección todos los que, anteponiendo el clientelismo y sus intereses a la modernización de Galicia, están dispuestos a merendarse, cuando llegue la sucesión, al flamante vicepresidente. Frente a tanta urgencia y tanta intriga, Alberto Núñez sólo cuenta con dos bazas de limitados efectos. La primera es su propia posición, que, arropada por Rajoy y Fraga, le va a permitir una fecunda cosecha de aplausos oficialistas. Y la segunda es su tan esperada ponencia, en la que trata de hacer ver que, sobre la Galicia invertebrada y rancia de las boinas, asoma la Galicia-ciudad de los birretes. La visión de Galicia que quiere darnos el vicepresidente es inteligente y esperanzadora. Sin ser nueva del todo, tiene el enorme valor de imponerse como un edificio armónico en medio de un modelo minifundista e irracional que ya no casa con las inercias de esta tierra. Y, aunque utiliza una terminología algo confusa -aún está a tiempo de corregirla-, creo que acierta plenamente a la hora de demostrar que la revolución interna del PP, que tiene lugar en el eclipse de Fraga, cuenta con una opción diferente y moderna. Lo malo es que Núñez hace este viaje muy solo. Porque Rajoy ya decidió aguantar el chaparrón de espaldas al vendaval, y porque Fraga está dominado por la obsesión de una victoria que le obliga a hacer graves concesiones a los que chantajean al partido en defensa de sus feudos personales. Y así resulta muy difícil llamar la atención sobre una cuestión que, siendo la más importante en términos sustantivos, resulta secundaria para los grupos de poder que se enfrentan de espaldas a Galicia y con técnicas tan virulentas como suicidas. Por eso es la semana de Alberto Núñez. Porque sólo tiene dos formas de salir de este congreso: aupado al trono del futuro, o sobre un barril de pólvora con la mecha encendida. De él depende casi todo. Y yo le deseo mucha suerte.