DE TODOS es sabido que la ONU necesita reformas estructurales para adaptar su organización a la nueva situación mundial del siglo XXI. Ya nada es lo que era cuando se creó. Pero en 1945, recién terminada la Segunda Guerra Mundial, los vencedores se instalaron en el Consejo de Seguridad con derecho a vetar cualquier resolución que no les conviniese. El estatus de los vencedores todavía rige como ley internacional para declarar con resoluciones lo que es legal o no. Dentro de unos meses, una comisión de expertos hará entrega al secretario general de la ONU de un informe sobre cómo deberían organizarse las Naciones Unidas y qué países podrían constituir el nuevo Consejo de Seguridad. Desde un principio se pensó que los nuevos miembros a añadir a los cinco permanentes (EE.UU., Rusia, Francia, China y Reino Unido) deberían ser una nación por continente, es decir, las que ya suenan: Alemania, India, Japón y Brasil. Pero junto con estas naciones tendría que figurar también una nación africana y aquí saltó la sorpresa. El ministro de Asuntos Exteriores de Libia, en nombre de Gadafi, reclamó el derecho y la oportunidad de que su país representase al mundo africano, puesto que habían renunciado a las armas de destrucción masiva, a la vez que hacían el ofrecimiento de la cooperación con Occidente para solucionar los conflictos con el Islam. Además, reclamó también que en el nuevo Consejo de Seguridad se respetasen las decisiones de la Asamblea General y terminó con una sentencia definitiva: «Antes de que hablemos de la falta de democracia en el mundo, deberíamos admitir primero que eso es lo que está faltando precisamente en las Naciones Unidas». Sin comentarios.