1989

| UXÍO LABARTA |

OPINIÓN

27 ago 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

EL MONTE, los incendios, se han llenado de lugares comunes inciertos, condicionales. De fatalismo e inevitabilidad. Cuando se habla de monte e incendios se ignoran, se obvian los datos objetivos. Datos que rara vez alcanzan el primer plano en el análisis y en las alternativas. Existe una economía del monte, en continua evolución, integrada en la propia transformación de la economía agraria. Los foros y su redención trasformaron la propiedad y el derecho de uso de los montes, desde las propiedades comunales a la propiedad individual. Hoy, como en 1970, el 64% del monte es propiedad particular. Con la privatización o la apropiación por el patrimonio forestal y los ayuntamientos -también con la innovación en la explotación agrícola- se transformó el paisaje agrario. También con la reversión a los vecinos de los montes en mano común. Se reforestó Galicia a partir de los cambios de régimen de la tenencia de tierras. Evoluciona hoy la economía del monte con nuevas cesiones de uso para viñedos o parques eólicos. El incendio, a queima , fue tecnología para la explotación del monte en su ciclo de uso agrario: siembras, explotación del matorral, el tojo. El incendio fue, en los montes de vecinos gestionados por patrimonio forestal, sistema de recuperación del monte bajo para la labranza ante la invasión del pino. El incendio es, con certeza, catástrofe ambiental. Los incendios expansivos, continuos, quizá sirvan a intereses especulativos como se viene denunciando. Los incendios son arma política y electoral. Han generado una espectacular industria pública del fuego de inversiones multimillonarias y repercusión en el empleo. Industria del fuego que sin embargo no impide o limita la destrucción del monte, de su economía. Un monte que, como recordaba Manuel Sola, pertenece a setecientos mil propietarios. De uno en uno. 1989 fue año electoral. El inicio de una larga gobernación. Si recuerdan fue también el año paradigmático en superficie de monte quemado. El año al que una y otra vez se recurre como dato base en cualquier comparativa de la acción de gobierno sobre los incendios forestales. Se eligen los años para reconocerse. La desproporción siempre favorece, tranquiliza. Lástima que aleje la reflexión. Necesaria para una economía del monte, en contraposición a la industria del fuego. Ahí anda la innovación.