LOS GALLEGOS somos gente pintoresca, proclives a las ideas descabelladas. Por ejemplo, en nuestra excéntrica ingenuidad, pensábamos que construir un puerto exterior en A Coruña supondría un subidón de vitaminas para toda la renqueante economía gallega. Por falta de conocimiento, llegamos a creer que esa gran dársena, ubicada en la primera fachada que se topan los buques que vienen de América, contribuiría a relocalizar empresas multinacionales en Galicia. También soñábamos con que alrededor de esa infraestructura germinal brotaría un rico tejido productivo en todo el hinterland coruñés. Y además, veíamos que se podría crear una gran núcleo intermodal (puerto-ferrocarril-autovías-aeropuerto), que dispararía las mercancías hacia afuera a través de las florecientes Redes Transeuropeas de Transporte, aliviando así la desventaja geográfica que tanto castiga a Galicia. Como somos como niños, también nos parecía razonable retirar del corazón de una ciudad de 250.000 almas la descarga de carbones y petróleos (respirar carbonilla, dormir sobre un oleoducto y tener como vista los tanques de Repsol no es muy del siglo XXI, pero miles de coruñeses lo hacen). Y como (aunque parezca imposible) no queremos ser menos que los catalanes, también creíamos que clausurar el puerto petrolero del centro ofrecía una oportunidad única para reinventar la fachada marítima de A Coruña, tal y como hizo entre sonoros aplausos la Barcelona Olímpica. Por último, dado que una inquietante estadística indica que cada 10 años un petrolero se esnafra ante nuestro litoral, quizá resultase interesante contar con una posibilidad de cobijo alejada del casco urbano. Pero por supuesto, estábamos en la berza. Y una vez más, lo hemos descubierto merced al superior criterio de la llamada prensa nacional (es decir, la que editan en el municipio de Madrid). Un editorial de la prensa madrileña desaconsejó ayer, urbi et orbe, la construcción del Puerto Exterior de Galicia, una obra que valdrá 600 millones de euros. Hacemos esfuerzos de memoria, pero no recordamos editoriales similares sobre la enésima puesta al día del aeropuerto de Barajas (que costará 4.500 millones de euros), o sobre la prolongación del Metro de Madrid en los años de Gallardón (más de 2.200 millones de euros), o acerca de la ampliación del recinto ferial Ifema (100 millones), o sobre la inutilidad de levantar todo un estadio olímpico, la Peineta, para hacer un par de conciertos de rock al año. Pero en esta vida todo tiene arreglo. A lo mejor, la solución sería instalar el Puerto Exterior de Galicia en... ¿Madrid?