Referéndum en Venezuela

| ANXO GUERREIRO |

OPINIÓN

17 ago 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

LA INDISCUTIBLE y rotunda victoria de Hugo Chávez -avalada por los principales observadores internacionales- en el referéndum celebrado el pasado domingo en Venezuela demuestra fehacientemente que el presidente Chávez ha sido capaz de devolver la dignidad y la esperanza a millones de personas que, rompiendo con su estado de marginación, han decidido irrumpir con fuerza en la escena política de su país. Y están dispuestos a quedarse. Pase lo que pase en el futuro, ya no será posible volver a hacer política en Venezuela, en términos democráticos, sin contar con ellos. El resultado del referéndum pone también de manifiesto que la antigua y corrupta clase política y las tradicionales clases dominantes del país no tienen nada que ofrecer a un pueblo al que desprecian y que, en el mejor de los casos, sólo entra por la puerta de servicio en sus preocupaciones. Venezuela podría ser uno de los países más ricos del mundo, si su extraordinaria riqueza petrolífera se hubiese utilizado para generar una economía dinámica capaz de asegurar un nivel de vida digno a la mayoría de la población. Tal posibilidad fue sistemáticamente negada por un sistema político cuya clave de bóveda era la alternancia entre dos partidos (Acción Democrática y Copei), a través de los cuales se montó un gigantesco mecanismo de apropiación privada de la riqueza pública, y un modelo de economía parasitaria que empobreció y polarizó al país. La crisis se vio agravada por el proceso de globalización liberal cuyas políticas de ajuste, al recaer sobre las clases populares, dispararon las desigualdades y la exclusión social. En este contexto es en el que surgen alternativas que, como la de Chávez, aspiran legítimamente a cambiar el sistema político y social precedente y a renegociar las condiciones de inserción de su país en la economía global. Pero la oposición social al orden liberal no se circunscribe al país caribeño, sino que cada día afecta a sectores más amplios de las poblaciones latinoamericanas. Las victorias de Lula en Brasil o de Lucio Gutiérrez en Ecuador -con sus lógicas peculiaridades- son parte de un mismo proceso, y expresan con meridiana claridad, como reconoce el Washington Post , «el desencanto y rechazo de América Latina hacia las reformas económicas impulsadas por EE.?UU. y el FMI». Sin embargo, las cosas no serán fáciles. Hugo Chávez es considerado en Washington un enemigo público y, desde el primer día de su mandato, cuenta con la oposición cerrada de la oligarquía venezolana y del Gobierno norteamericano. La razón de esta inquina nada tiene que ver con las supuestas inclinaciones autocráticas del presidente venezolano, sino con su rechazo al código neoliberal y con su alternativa nacionalista, cuya consolidación es considerada un precedente muy peligroso para el orden global en América Latina y, por tanto, difícilmente digerible por EE.?UU. Es absolutamente legítimo discrepar con la política y el proyecto de Chávez. Pero la discrepancia no puede justificar el rechazo o la sublevación contra la voluntad popular expresada en las urnas. No está de más, pues, recordar hoy a la autoproclamada oposición democrática de Venezuela y al Gobierno de EE.?UU. que la democracia no es una opción que podamos elegir sólo cuando conviene, sino un principio general del que no podemos abjurar bajo ninguna circunstancia. Así las cosas, la UE, y de forma muy especial España, no pueden dejar de prestar apoyo a estas experiencias democráticas de transformación social que quizá sean signos precursores de una alternativa a la globalización liberal en el continente americano. Merece la pena, si se considera que América Latina sigue siendo un símbolo doloroso de la lucha por la igualdad ciudadana.