LUGO TIENE costa bañada por el Cantábrico. No es obvio, pues hay muchas gentes que no se lo saben y creen que la Galicia marinera pertenece a las provincias de A Coruña y Pontevedra. Hermosa y sorprendente, permite decir que estamos ante el último paraíso al sur de Europa. Si tengo que aportar pruebas, les dejo con dos: playas y rincones; para que de camino hacia Compostela por la cornisa cantábrica, por una vez y sin que sirva de precedente, nos visiten en nuestra calculada soledad, que permite pasear con nosotros mismos sin las interrupciones diurnas o nocturnas de las aglomeraciones. Mandamos mensajes calculados para que los que llegan por el Eo se queden con el espectáculo de las Catedrales, playa fantasmagórica que aparece y desaparece al ritmo de las mareas, por Ribadeo. Quizá así, evitamos que la multitud invada la playa que compite con Carnota, de la Costa da Morte, en ser la más larga de Galicia y que corresponde al litoral de Barreiros. No presumimos, para que no lo descubran, de uno de los recorridos fluviales más hermosos del norte peninsular; y que corresponde al Masma, desde tierras de Mondoñedo hasta su abrazo a la mar en la histórica villa de Foz, protegida por San Martiño, esa pequeña joya catedralicia del siglo XII. Para los que quieran tener una conversación con la mar y el viento, es preciso pasear de madrugada por el istmo que une el puerto de abajo y el de arriba en la península, antes islas, de San Ciprián, caminando hacia su faro en plena atalaya, desde la que se divisan Os Farallóns, en aguas de paso para ballenas y cachalotes, donde reside la diosa del verano mariñano, la sirena Maruxaina. Pero, noches mágicas, las que se alumbran con la queimada de Cervo, ese valle perdido en el recorrido del río Xunco desde Rúa hasta Rueta, capaz de inspirar la obra de la primera gran industria de nuestro país, a finales del XVIII, del marqués de Sargadelos. Para descansar de tanta belleza, donde las galernas son arte y los cielos grises inspiración para el pintor Guerreiro, les recomiendo el Pazo da Trabe, auténtica sinfonía de buen gusto tanto en la cocina como en la decoración del lugar, que recupera la tradición y la reviste con la personalidad de Otero Regal, polifacético artista cuya cerámica es la mejor muestra de su manera de ser y estar, libre y generosa. Autovía sí, pero sin que rompa nuestro encantamiento. Es patrimonio de la humanidad con buen gusto.