Me paso a los de 120

OPINIÓN

A. BALLESTEROS

DÍAS ATRÁS, entrando por la frontera de Behovia después de recorrer 4.000 kilómetros por autopistas europeas sin encontrar ningún accidente, en el trayecto hasta Bilbao conté a lo largo de los arcenes de la A-8 veinticinco coches seriamente siniestrados. La fatídica hilera se debía a una huelga de grúas que ya duraba diez días. Fijémonos bien en el dato: en sólo cien kilómetros, veinticinco accidentes en diez días. En Francia se lo han tomado en serio y parece ser que se está ganando la batalla de la seguridad. La velocidad máxima es, como en buena parte de Europa, de 130 por hora, pero con lluvia se impone, no se aconseja, reducirla a 110 y, en su caso, a 90, con una puntual y exhaustiva información mediante paneles. Se circula como los ciclistas, en pelotón, con marcha regular y distancias mínimas, impidiendo el adelantamiento de los vehículos lentos. No se ve policía, ya que el sistema coercitivo de radar funciona. Lo que hasta hace poco parecía un objetivo inalcanzable se va imponiendo mediante una obligada educación viaria, al igual que existe la enseñanza básica obligatoria. Eso sí, algunos de esos franceses, modelo de politesse vial, al entrar en territorio ibérico dan rienda suelta a sus pasiones apretando el acelerador. Hablemos de España. Cinco mil muertos al año en accidentes provocados en muchos casos por exceso de velocidad, de los que la mayoría son víctimas que iban como acompañantes o circulaban en sentido contrario. Sobre este tema hay un cinismo patente en nuestra propia sociedad consumista, en aquella publicidad que incita a competir y, cómo no, en los fabricantes y en la política que los ampara. Los coches exhiben velocímetros que teóricamente pueden alcanzar los 280 km/hora y, en cambio, no traen instalado de serie el limitador de velocidad. De momento, ninguna administración se ha propuesto enfrentarse a esta grave contradicción. Con tales ingredientes, la velocidad es una forma de vivir y vencer al desconocido compañero de asfalto, y el automóvil es un signo de estatus en vez de un artefacto al servicio de la movilidad y la comunicación. El vértigo afecta tanto a jóvenes como a maduros, a probos ciudadanos como a financieros y políticos, cuyos chóferes dejan atrás con sus potentes máquinas al pelotón más popular y cívico. Aunque procuremos mantenernos en el límite de 140, el control es difícil y se acaba por pasarse. He descubierto el placer de conducir a 120. El viaje no dura más porque, a la hora de la verdad, todos terminamos encontrándonos en las barreras de peaje y en las áreas de servicio. El consumo de combustible se reduce de forma apreciable, la conducción regular y serena cansa menos y, además, es posible disfrutar del paisaje, de la conversación, de la música, porque el ruido en el interior del habitáculo disminuye. Se puede observar y reflexionar mientras se circula sin detrimento de la atención, porque se mantiene una referencia permanente con los demás. Mientras no se entra en el fondo de la cuestión -máquinas y velocidad-, este otro terror debe tratarse, sí, con medidas coercitivas, pero también invirtiendo en una información integral y ajustando los límites a las características del trazado. Y, sobre todo, con una obligada educación colectiva, porque de lo contrario, sencillamente, seguiremos matándonos matando.