La sangre que clama al cielo

| XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS |

OPINIÓN

DESDE HACE dos meses casi no escribo nada sobre Irak. Y no porque no siga horrorizado por la chapuza inhumana que hemos montado allí, sino porque, después de vaticinar todo lo que sucedió, y de haber demostrado que tenía más datos que los exhibidos por Bush y su CIA, Blair y su M16, y Aznar y su CNI -¡todos juntos!-, tengo por cierto que ustedes mismos se pueden servir sus propios comentarios. Tal como van las cosas, será difícil encontrar un solo lector que no sienta vergüenza y asco por lo que estamos haciendo en Irak, por como lo estamos haciendo, y por las razones que tenemos para hacerlo. Y, aunque nuestras tropas ya no están presentes en tan inhumano latrocinio, no cabe ninguna duda de que la Unión Europea sigue formando parte del modelo económico y del imperialismo militar que se están retratando, con su peor postura, entre el Tigris y el Eufrates. Ayer tarde se inauguraron los Juegos Olímpicos. Pero la noticia no es la paz y la unión de los pueblos que reclamaba, utópico, el barón de Coubertin, sino el apabullante aparato de guerra que protege Atenas, sin el que resulta imposible moverse por el mundo, y que poco a poco nos va divorciando de cuanto acontecimiento político y social tiene lugar en nuestro entorno. Cada vez que se juntan dos jefes de Estado, o se juega la Champions, o se celebra la cumbre del G7, o sale en procesión la Virgen Macarena, necesitan protegerse de la gente, bloquear las ciudades y desconfiar de los parvulitos que llevan el bocata en la mochila, como si en vez de vivir en regímenes abiertos hubiésemos vuelto a las satrapías persas de hace veinticinco siglos. Para que los peregrinos lleguen tranquilos a Santiago, han puesto una furgoneta policial al lado de mi casa. Y para que un papa viejo y enfermo vaya a Lourdes -¡sabe Dios a qué!-, necesitamos poner en alerta la fuerza aérea de la OTAN. ¿Se puede seguir así? La visión maniquea del orden mundial que estamos alentando es una invitación abierta a la guerra. Las injusticias acumuladas, y las leyes del embudo que utilizamos para analizarlas y solventarlas, están desprestigiando de tal manera nuestra moral y nuestro orden legal, que hasta los más beneficiados por este inmenso error histórico empezamos a divorciarnos de las instituciones. Y toda la vida social y política mundial se está convirtiendo en un despropósito que no presagia nada bueno. Por eso llegó la hora de reclamar reflexión moral y política, para poner freno a este peligroso desorden general que se asoma a los telediarios disfrado de orden. Irak es la prueba de sangre de un error consumado y compartido. Lo demás vendrá, más pronto que tarde, si Dios, Yahvé o Alá no lo remedian.