Los que ya no recuerdan

OPINIÓN

10 ago 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

ME ACERCO a él con la más amplia de mis sonrisas. Le doy un beso en cada mejilla y le pregunto qué tal está. Me devuelve la sonrisa. Esa sonrisa típica suya, tímida y sincera, bajo su bien cuidado bigote. Me responde con amabilidad porque deduce del afectuoso saludo que he intercambiado, segundos antes, con su mujer y su hija, que nos conocemos hace mucho tiempo. Me entristece comprobar que, aunque hace más de veinticinco años que somos amigos, no reconoce mi cara, no sabe quién soy y mucho menos recuerda mi nombre. Ya no es él. Un viejo proverbio chino dice que una persona nunca muere mientras permanece en la mente de los que le sobreviven. Puede que sea cierto; sin embargo, ¿qué pasa con aquéllos que sin haber muerto físicamente, su mente ha dejado de existir para sumirse en las tinieblas del olvido? No se trata, únicamente, de los ancianos cuya avanzada edad les mengua facultades y energías sino de quienes, todavía en pleno vigor, sufren una rápida y devastadora pérdida intelectual y cognitiva. Son los que sucumben al alzhéimer, al desconocido mal de Levy o a una senilidad precoz, dejándonos huérfanos e impotentes ante un enfermo al que no sabemos ni cómo tratar ni cómo cuidar. Las enfermedades degenerativas que afectan al cerebro son así. Las investigaciones han prosperado muy poco por lo que, de momento, no hay forma de frenar su avance ni de aliviar sus síntomas de forma significativa, lo que provoca que, además del propio enfermo, aquellos allegados que conviven con él se conviertan, a su vez, en pacientes necesitados de asistencia y apoyo psicológico. Al elevarse la esperanza de vida han aumentado los enfermos de este tipo pero, no así las ayudas que se precisan. Se necesitan centros de día, de apoyo para los familiares y, sobre todo, personal sanitario cualificado que permita a los agotados parientes descansar algunas horas al día sin renunciar a tenerlos en casa. Mañana puede tocarnos a nosotros.