VIDAS EJEMPLARES
09 ago 2004 . Actualizado a las 07:00 h.EL VAPULEADO planeta Tierra sería un lugar aun peor si nunca hubiese existido Greenpeace. La organización ecologista nació en 1971. Unos admirables tolos canadienses se jugaron el tipo contra los guardacostas estadounidenses, en un intento de paralizar las pruebas atómicas de EE.?UU. en Alaska. La cruzada verde de Greenpeace ha sido una partida de alto riesgo. Ha exigido un arrojo moral y físico que casi nadie posee. En 1985, Mitterrand les voló en Auckland el buque Rainbow warrior . Fue el precio por protestar contra los ensayos nucleares franceses. En el atentado murió un tripulante, pero Mitterrand se fue a la tumba entre botafumeiros, sin el mayor sonrojo por su franco ejercicio del terrorismo de Estado. Pero como toda obra humana, Greenpeace es imperfecta. Y a veces, toca de oído. En un informe titulado Destrucción a toda costa , la organización pone a parir la proliferación de puertos deportivos de Galicia, los crecientes paseos marítimos y el proyecto del Puerto Exterior de A Coruña. Es cierto que quizá existían mejores maneras de gastarse el maná de los fondos europeos que construyendo aceras en todas las villas de la costa gallega. Y parece una verdad de Perogrullo decir que sin puertos, la costa gallega estaría mucho más virgen. Pero las críticas ecologistas olvidan de la preservación de otra fauna muy importante: nosotros, los gallegos, que tenemos derecho a vivir mejor, al nivel, por ejemplo, de los países del mundo opulento de donde proceden mayormente los guiris que engrosan las filas de Greenpeace. El Puerto Exterior mancillaría un cabo en Suevos, es cierto, pero le permitiría a Galicia obtener al fin un beneficio económico de esa autopista marítima que soporta frente a Fisterra. Los puertos deportivos han dado pasta fresca y hasta glamur a pueblos sin muchas salidas económicas (dense una vuelta por Portosín). Y los paseos marítimos, nos gusten o no, son un punto de encuentro celebradísimo por los vecinos de rentas modestas (bajen de la lancha neumática y paseen un poco por Caión). En Osaka (Japón) hay 50 kilómetros corridos de puertos, astilleros y refinerías. En Rotterdam (Holanda) el puerto mide 40 kilómetros. Hablamos, claro, de dos de los países más ricos del mundo. El improbable día en que Galicia sufra esas plagas , recibiremos encantados los bienintencionados consejos de Greenpeace. Mientras tanto, en lugar de condenarnos al taparrabos conservacionista, pueden echarnos una mano en pedir ayudas para el progreso económico de un país marginado desde hace tres siglos.