EN MENOS de una semana, la bullidora actualidad dejó sobre la pantalla de mi ordenador, ni televisión ni mancontro tengo, dos noticias que me inquietan. No es que sean especialmente graves, visto lo visto, ni tampoco inesperadas, pues en alguna ocasión ya traté cuestiones conexas en estas mismas páginas, lo inquietante es que resultan banalmente habituales. Hace algunos días, el ex director general de la Guardia Civil, Santiago López Valdivielso, descartó ante la comisión parlamentaria que investiga los atentados del 11-M que el objetivo de los terroristas fuera que el PP perdiera las elecciones. Para avalar esta afirmación recordó que tras esos comicios los mismos terroristas intentaron atentar contra el AVE, el 2 de abril, y que en esa fecha ya se sabía que Zapatero había decidido retirar las tropas de Irak. Bueno, pues que Dios le conserve la vista al ex director de marras. Porque si hay algo en lo que los servicios de inteligencia son expertos es, precisamente, en manipular la acción de los autores directos de los atentados que comandan en la sombra, al tiempo que embrollan las pistas y siembran el escenario físico y el intertemporal de indicios que lleven a oscuros callejones sin salida. Cuando los servicios secretos de un país cualquiera, belicosamente opuesto a la política exterior de otro, quieren influir en un proceso electoral, atentado mediante, sobra decir que después de conseguirlo seguirán perseverando temporalmente para dar la impresión que todavía no lo han alcanzado. Esto es el abc de las cortinas de humo, del sentido común y de la lucha antiterrorista. Que lo ignore el ciudadano de a pie -modesto peatón político sobre el que se ejercen informaciones, contrainformaciones y desinformaciones de toda laya y condición para influir en su voto- entra en el orden natural de las cosas, pero que todo un director general de uno de los cuerpos de seguridad más eficaces del mundo caiga en la trampa de la intoxicación terrorista es para inquietarse retroactivamente. Y mucho. Tanto más si a renglón seguido, sin que nadie se lo pidiese, pero para que el personal constatase sus amplias y selectas lecturas, el susodicho se marca un discurso muy a lo Samuel P. Huntington subrayando que tanto los atentados de Madrid como los del 11-S se producen en un contexto de guerra religiosa y cultural del Islam fundamentalista que ataca a la sociedad occidental. Lo cual es cierto y asimismo lo es que en un armario la parte más alta es la de arriba y que para informarse de semejantes trivialidades sale más barato desembolsar un euro en la compra de un periódico. Con esos precedentes, mi inquietud es aun mucho mayor temiendo que los actuales responsables de los cuerpos de seguridad del Estado interpreten al pie de la letra la reciente advertencia de Marruecos a España de que hay cuatrocientos activistas marroquíes de Al Qaida fuera de control. Generosa información que yo, en buen gallego desconfiadamente paranoico, leería como una velada amenaza. De hecho, la Iglesia, siempre con mejor olfato que cualquier servicio secreto, ha visto por donde van a ir los tiros, nunca mejor dicho, y ya ha retirado a Santiago Matamoros de la catedral. Y esa es otra de mis inquietudes: por nuestra cobardía hemos estimulado una dinámica de chantajes que nadie intenta frenar. A lo que habría que añadir, pero no deseo insistir a fin de no amargarle el día al lector, lo que por su cuenta nos reservan el lendakari y el president .