NO HA TENIDO su día el arzobispo de Compostela. Un mal día lo tiene cualquiera, es cierto, pero Julián Barrio ha estado especialmente desafortunado al elegirlo. Mientras el Rey, en su ofrenda al Apóstol habló de lo que nos preocupa, del terrorismo, del atentado del 11-M y del futuro de Galicia, el mitrado centró su intervención en asuntos virtuales. Como los matrimonios entre gais. El matrimonio gay debería de interesarle únicamente a los contrayentes, como a los demás nos importó sólo el nuestro. Pero no. Aquí todo transeúnte se ha apuntado a dar su opinión. La Iglesia, los jueces, los tertulianos, los miembros de plataformas ciudadanas y hasta media tripulación de la trainera de Castro Urdiales. Todos se han sumado a la fiesta convirtiendo lo que debería ser una cuestión menor en uno de los grandes asuntos de nuestra existencia. Pero la Iglesia de manera insistente y desde todos los frentes, desde la Conferencia Episcopal, a los monaguillos, todos están obsesionados por frenar una decisión que, a decir del CIS, aprueba casi el 70% de los españoles. Aunque les da igual. Y así, quienes prefieren no manifestarse cuando las bodas se celebran en lluviosos sábados del mes de mayo, se creen en la necesidad de dejar su rechazo en cualquier momento y lugar. Pese a que el derecho que tienen a hacerlo no les otorga carta blanca para abordarlo en las ocasiones más inoportunas. Porque hay que saber elegir el día y el momento. Y la Ofrenda no era, precisamente, el más adecuado. Aceptamos que Julián Barrio cumpla con el papel que tiene asignado. El de velar por la salud espiritual de su rebaño. Está en su perfecto derecho. Aunque errara en el día. Pero que entienda que los demás también podemos hacer uso del nuestro y que sólo pisemos los templos cuando tienen algún interés monumental.