LA AUDIENCIA Nacional, corral de divos de utilidad discutible, entiende de graves asuntos de terrorismo y narcotráfico y de altos delitos económicos. Desde hace siete años, su fiscal jefe es Eduardo Fungairiño, nombrado por Aznar y Cardenal contra el clamor de sus compañeros (tan es así que no encontró un colega fiscal que quisiese apadrinarlo en su toma de posesión). Por las manos de Fungairiño han pasado sumarios tan delicados como el de la colza o el del atentado de Hipercor. Fungairiño, capacitado experto antiterrorista, compareció ayer en la comisión del 11-M y el mundo pudo descubrir que posee telepoderes. A pesar de que su oficio lo obliga a vivir enfangado en la actualidad, Fungairiño es capaz de ejercer de fiscal jefe viviendo en un limbo estanco, donde no lo perturban las burdas paridas de los mortales. El fiscal jefe les dijo a los diputados que no lee la prensa («por higiene mental»), ni ve la tele («sólo documentales de la BBC»), y que él, ni flores de esa famosa furgoneta blanca del 11-M, que ya conoce hasta el último pastor de los Ancares. Obviamente, Fungairiño acudió a la comisión a cachondearse de ella. Pero no resulta gracioso que un excéntrico que no cree en los resortes de control de una democracia ocupe tan altas responsabilidades en ella.